Una estadística puede ser correcta y, aun así, contarnos una historia equivocada, porque no son necesariamente jóvenes que estudian y trabajan; pueden ser trabajadores que llevan toda la vida trabajando y ahora resulta que nos damos cuenta que, también, tienen que seguir formándose.
Artículo de El País: «Qué hay detrás de la generación de jóvenes que estudian y trabajan a la vez».
Hay noticias, como la anterior, que llegan con una etiqueta tan simpática que uno casi se olvida de preguntar qué hay dentro del paquete.
Primero fueron los “ni-ni”: jóvenes que ni estudiaban ni trabajaban, una etiqueta sencilla, contundente y bastante poco generosa, pero muy eficaz para titulares.
Ahora parece que hemos descubierto su versión evolucionada: los “sí-sí”, esos jóvenes que SÍ estudian y SÍ trabajan.
Y, francamente, la cosa suena estupenda hasta que uno empieza a preguntarse si todos los que aparecen dentro del “sí-sí” son realmente estudiantes que trabajan o si, entre ellos, se nos han colado unos cuantos trabajadores que estudian.
Es decir —término inventado por mí—: los “curro-sí”, los que ya tenían trabajo antes de que alguien decidiera ponerles una etiqueta simpática y que ahora, además de trabajar, tienen que seguir formándose para demostrar que todavía merecen conservarlo.
Según se cuenta a partir de los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) de 2024, entre 850.000 y un millón de jóvenes españoles estudian y trabajan simultáneamente. El artículo de El País señala que, si alrededor del 75 % de los jóvenes estudia, entre el 15 % y el 25 % de ellos también trabaja.
El dato, como dato estadístico, no es algo que tenga sentido poner en duda alegremente. La EPA es una operación estadística seria, continua y de gran tamaño muestral. El propio INE explica que actualmente trabaja con unas 55.000 viviendas y unas 130.000 personas, mediante un muestreo diseñado específicamente para obtener información sobre el mercado laboral.
Hasta aquí, estupendo, pero aquí viene la parte divertida.
Que el dato sea correcto no significa que la etiqueta que le ponemos explique correctamente la realidad, porque una cosa es preguntar a una persona si estudia y trabaja y otra, bastante diferente, averiguar qué significa exactamente ese “estudia y trabaja”.
Y ahí empiezan las preguntas incómodas.
1. ¿Estudian y trabajan o trabajan y estudian?
No es exactamente lo mismo un joven de 20 años que estudia una carrera universitaria y trabaja quince horas semanales para pagarse parte de sus gastos que una persona de 28 años que trabaja a jornada completa y realiza un máster online por las tardes.
Una persona que lleva cinco años trabajando y hace un curso de especialización es otra.
Un trabajador que estudia un idioma para poder optar a un ascenso es otra.
Y alguien que ha terminado una carrera, tiene un empleo y se matricula en un máster porque el mercado laboral parece exigirlo es otra completamente distinta.
Sin embargo, desde determinada perspectiva estadística, todos pueden acabar colocados en el mismo cajón:
ESTUDIA + TRABAJA = SÍ-SÍ —cuando antes era NI-NI—.
La pregunta incómoda sería, por tanto: ¿estamos hablando de estudiantes que trabajan o de trabajadores que se forman?
Porque las dos situaciones pueden parecer idénticas en una tabla y ser completamente diferentes en la vida real, y aquí aparece una pequeña trampa semántica.
Si un estudiante trabaja, lo presentamos como un joven extraordinariamente activo, responsable y capaz de compatibilizar dos mundos; pero si un trabajador estudia, probablemente lo presentamos como alguien que necesita seguir formándose para no quedarse atrás.
¿Son realmente el mismo fenómeno? No necesariamente.
Quizá haya “sí-sís”.
Pero también hay “curro-sís”.
Y sospecho que estos últimos tienen bastante menos glamour.
2. ¿Y si ya no se trata de acabar la carrera, sino de ir sacándola “al trote cochinero”?
Aquí es donde la etiqueta “sí-sí” empieza a resultar especialmente simpática porque quizá no estamos solamente ante una generación que ha aprendido a hacer dos cosas simultáneamente, sino que quizá también estamos ante un sistema educativo que permite prolongar la condición de estudiante durante mucho más tiempo.
Estudias, trabajas un poco, vuelves a estudiar, haces unas prácticas, apruebas dos asignaturas, trabajas más, haces un máster, apruebas otras tres, aprendes inglés, haces una certificación y, cuando te quieres dar cuenta, llevas años “formándote”.
Todo perfectamente legítimo, por supuesto, pero la pregunta es otra:
¿Tenemos más jóvenes que estudian y trabajan porque son capaces de compatibilizar ambas actividades o porque hemos conseguido que los estudios sean suficientemente flexibles como para poder compatibilizarlos con casi cualquier cosa?
No es una crítica a la flexibilidad educativa; al contrario.
La educación online, las clases grabadas, la evaluación continua, los horarios flexibles, la formación dual y otras modalidades han abierto oportunidades magníficas, pero también han cambiado lo que significa ser estudiante.
Hace unas décadas, para estudiar determinadas carreras había que estar físicamente allí, a determinadas horas, prácticamente todos los días.
Hoy puede ser posible estudiar mientras se trabaja, viajar, hacer prácticas y realizar otras actividades.
Magnífico, pero entonces hay que tener cuidado al sacar conclusiones sobre la extraordinaria capacidad de sacrificio de una generación, porque quizá estamos ante jóvenes extraordinariamente organizados o quizá ante estudios que permiten una organización que antes era mucho más difícil.
Y ambas cosas pueden ser ciertas, aunque hay una tercera posibilidad que también conviene contemplar:
que algunos no sean ya estudiantes que trabajan, sino trabajadores que han vuelto a ponerse la mochila.
Bienvenidos, pues, los “curro-sí”.
3. Una pregunta todavía más incómoda: ¿qué significa exactamente “estudiar”?
Porque aquí la palabra “estudios” es extraordinariamente elástica.
●¿Una carrera universitaria?
●¿Un máster?
●¿Un curso de especialización?
●¿Una certificación profesional?
●¿Un curso de idiomas?
●¿Formación online?
●¿Una formación relacionada con el trabajo?
●¿Una oposición?
La propia estadística distingue entre estudios reglados y no reglados en sus tablas sobre ocupados que cursan estudios, y esto importa muchísimo.
Porque decir “casi un millón de jóvenes estudian y trabajan” produce una imagen mental bastante concreta: cientos de miles de universitarios saliendo de clase para ir directamente al trabajo, pero esa imagen no tiene por qué coincidir con todo lo que estadísticamente cabe dentro de “cursar estudios”.
Y por eso sería interesante saber algo que la etiqueta “sí-sí” no nos cuenta: ¿cuántos están haciendo una carrera universitaria a la vez que trabajan? ¿Cuántos hacen un máster? ¿Cuántos realizan formación profesional? ¿Cuántos hacen cursos no reglados? ¿Cuántos trabajan a tiempo completo y estudian unas horas a la semana?
Porque ahí puede aparecer nuestro tercer invitado: el “curro-sí”.
El que trabaja ocho horas, estudia dos, llega a casa, cena y descubre que todavía tiene que entregar una actividad antes de las doce.
Sin esa fotografía, el millón impresiona, pero explica menos de lo que parece.
4. ¿Y si las carreras permiten hacer de todo precisamente porque exigen menos presencia?
Esta es una pregunta que probablemente no entusiasmará demasiado a nadie, pues si una persona puede trabajar ocho horas diarias y estudiar simultáneamente, hay dos posibilidades —entre otras—: la primera es que esa persona sea extraordinariamente eficiente y la segunda es que esos estudios ya no requieran una dedicación comparable a la que requerían determinadas modalidades educativas en el pasado.
Y quizá sean ciertas las dos, pero conviene planteárselo, porque existe una tendencia muy humana a atribuir siempre el éxito al esfuerzo individual.
“Mira qué jóvenes tan preparados, estudian y trabajan a la vez”. Sí. Pero también habría que preguntarse: ¿cuántas horas estudian realmente? ¿Y cuántas horas trabajan?
¿La actividad formativa es el centro de su vida durante esos años o se ha convertido en una actividad compatible con prácticamente todo lo demás?
No es necesariamente peor, pero sí cambia la fotografía y, sobre todo, evita que confundamos automáticamente “puedo estudiar mientras trabajo” con “soy un estudiante que además trabaja”.
Porque quizá la realidad sea exactamente la contraria.
Quizá sea: “Trabajo y, ya que estamos, sigo estudiando porque parece que, si no lo hago, alguien encontrará otro candidato que sí tenga el cursito de turno”.
Eso, señoras y señores, es un “curro-sí”.
5. ¿Y si el “sí-sí” es también una cuestión económica?
Esta cuestión aparece incluso en el propio análisis del fenómeno.
El artículo de El País recoge la advertencia del sociólogo Carlos de Castro Pericacho sobre las diferencias sociales: para algunos jóvenes de familias con menos recursos, trabajar mientras estudian puede no ser una elección orientada a acumular experiencia, sino una necesidad relacionada con el coste de los estudios y la ausencia de apoyo económico familiar.
Y aquí aparece una diferencia enorme, pues no es lo mismo:
- ●“Trabajo porque quiero independencia mientras estudio”.
que:
- ●“Trabajo porque necesito trabajar para poder seguir estudiando”.
Los dos son “sí-sí”, pero probablemente uno tenga bastante más glamour que el otro.
En el primero vemos iniciativa, madurez, emprendimiento y experiencia; en el segundo quizá haya necesidad económica, y una misma etiqueta no debería hacernos olvidar esa diferencia.
Pero hay una tercera situación:
“Trabajo porque ya llevo años trabajando y ahora necesito seguir formándome para no quedarme fuera”.
Ese ya no es exactamente un “sí-sí”; ese es nuestro “curro-sí”.
Y quizá convendría que empezáramos a hablar de ellos porque representan algo bastante más amplio que una simple categoría juvenil.
6. La televisión y la radio tampoco ayudan demasiado
Hay otro pequeño detalle que me llamó la atención al escuchar algunos comentarios en distintas radios sobre esta noticia: cuando se buscaban ejemplos humanos para ilustrar la generación “sí-sí”, aparecían personas que trabajaban y, simultáneamente, hacían un curso, un máster o algún tipo de formación.
Pero resulta curioso que sea mucho más difícil encontrar en esas historias al estudiante clásico: “Estoy haciendo segundo de Ingeniería, tengo clases por la mañana y trabajo veinte horas semanales por la tarde”.
¿Por qué? No lo sabemos. Y precisamente por eso convendría no sacar conclusiones.
Pero la diferencia entre ambos perfiles es suficientemente importante como para hacer una pregunta: ¿la etiqueta “sí-sí” está describiendo una nueva generación de estudiantes trabajadores o, en buena medida, una generación de trabajadores que continúa formándose?
Quizá sea una mezcla de ambas, pero sería interesante saber cuánto hay de cada cosa, porque si resulta que una parte importante de esos trabajadores son, en realidad, adultos que ya estaban plenamente incorporados al mercado laboral y que simplemente siguen estudiando, entonces tenemos una etiqueta nueva para un fenómeno bastante viejo: trabajar y seguir aprendiendo.
Solo que ahora, al parecer, queda mejor llamarlo “sí-sí”.
Los trabajadores, en cambio, quizá tengamos que conformarnos con ser “curro-sí”.
7. ¿Y si hemos convertido la formación en una suscripción permanente?
Aquí llegamos a uno de los grandes cambios de nuestro tiempo.
Antes parecía existir una secuencia bastante sencilla: Estudias → terminas → buscas trabajo → trabajas.
Hoy la secuencia puede parecerse más a esto: Estudias → haces prácticas → trabajas → haces un máster → trabajas → haces otro curso → mejoras el inglés → consigues una certificación → haces otra formación → descubres que te falta experiencia → acumulas experiencia → descubres que ahora necesitas otra certificación.
Y vuelta a empezar.
Uno empieza a sospechar que la formación se parece cada vez más a una suscripción de Netflix: la diferencia es que esta no se puede cancelar.
Porque el mensaje que recibe buena parte de la población activa parece ser: “Nunca dejes de formarte”.
Una recomendación razonable hasta que uno se pregunta: ¿formarse es una herramienta para mejorar profesionalmente o se está convirtiendo en una condición permanente para poder seguir siendo empleable?
No son exactamente lo mismo.
Y aquí los “curro-sí” tienen bastante que decir, porque para un joven que todavía está construyendo su carrera profesional, formarse puede ser una inversión.
Para alguien que lleva veinte o treinta años trabajando, la cosa puede tener otro matiz: quizá ya no esté estudiando para empezar una carrera, quizá esté estudiando para poder seguir teniendo carrera.
Y esa diferencia merece algo más que una etiqueta simpática.
8. Antes era “estudia una carrera y tendrás trabajo”
Esta frase perteneció a otra época y no sabemos si fue cierta para todo el mundo, pero formaba parte del imaginario colectivo.
Ahora el mensaje parece haberse transformado: “Trabaja y sigue estudiando, porque nunca se sabe”.
Y esto cambia radicalmente la relación entre juventud, educación y trabajo, pues el problema ya no consiste solamente en entrar en el mercado laboral, sino que consiste en entrar, permanecer, mejorar, diferenciarse y no quedarse atrás.
Y para todo ello hay que seguir acumulando formación.
Antes terminabas de estudiar y empezabas a trabajar; ahora empiezas a trabajar y descubres que todavía no has terminado de estudiar.
Y cuando crees que has terminado, aparece otro curso. Y después otra certificación. Y luego alguien te dice que deberías actualizarte.
Y tú preguntas: “¿Pero no estaba ya actualizado?”
Y te responden: “Sí, pero de la versión anterior”.
Bienvenido al maravilloso mundo del “curro-sí”.
9. Del “ni-ni” al “sí-sí”: estupendo. Pero ¿después qué?
Durante años nos preocupó la generación “ni-ni”: ni estudia, ni trabaja, y ahora celebramos la generación “sí-sí”: sí estudia, sí trabaja.
Perfecto, pero quizá haya una tercera pregunta que estamos olvidando: ¿y después del “sí-sí”, qué?
Porque estudiar y trabajar simultáneamente no nos dice nada, por sí solo, sobre la calidad del empleo, el salario, la estabilidad, la vivienda, la emancipación o las posibilidades reales de construir un proyecto vital.
Un joven puede estudiar y trabajar y, al mismo tiempo, seguir viviendo con sus padres; puede trabajar y estudiar y encadenar contratos; puede estudiar y trabajar y desempeñar un empleo que no tenga relación alguna con su formación; puede trabajar y estudiar porque necesita dinero para poder estudiar; puede estudiar y trabajar porque quiere acumular méritos para competir por un empleo futuro.
Todas esas personas son “sí-sí”, pero sus vidas son completamente diferentes.
Y luego están los otros: los que ya trabajan, los que ya tienen experiencia, los que ya llevan años cotizando, los que ya han aprendido unas cuantas cosas a base de equivocarse en horario laboral y que ahora descubren que también tienen que seguir estudiando.
Esos son los “curro-sí”.
Trabajan, sí. Y estudian, también. Pero no porque estén construyendo su primer currículum, sino porque aparentemente el currículum tampoco se jubila nunca.
10. Y ahora viene mi caso: ¿qué soy yo?
Aquí confieso que la estadística me deja personalmente en una situación bastante divertida.
Tengo más de treinta años de experiencia profesional. Sigo trabajando. Y sigo formándome. Por tanto, técnicamente podría decir que estudio y trabajo.
Pero seamos serios: ¿alguien me va a llamar “sí-sí”? Espero que no, porque a estas alturas no soy un estudiante que trabaja.
Soy un trabajador que estudia; es decir: soy un “curro-sí” y, sinceramente, me parece una categoría bastante más honrada.
No tengo veinte años, una mochila y un trabajo de veinte horas para pagarme la carrera.
Tengo años de experiencia profesional y sigo formándome porque el mundo laboral ha decidido que, aparentemente, saber hacer tu trabajo durante treinta años no te exime de hacer otro curso para demostrar que sigues sabiendo hacerlo.
Y aquí aparece una pequeña paradoja: el “sí-sí” es presentado como símbolo de una nueva generación; el “curro-sí”, en cambio, quizá sea el símbolo de algo bastante más importante: una generación de trabajadores a los que nadie ha explicado cuándo se supone que pueden dejar de estudiar.
Porque resulta que ya no basta con tener experiencia, hay que actualizarla; no basta con saber, hay que certificarlo; no basta con haber aprendido, hay que seguir aprendiendo; y no basta con seguir aprendiendo, hay que poder demostrar que sigues aprendiendo.
Así que propongo que dejemos de llamar “sí-sí” a todo el que estudia y trabaja.
Hagamos sitio a los “curro-sí”: los que trabajan y se forman.
Los que no están empezando su vida laboral, sino intentando que el mercado laboral no les obligue a empezarla otra vez cada cinco años.
Entonces, ¿hay que desconfiar del millón?
No necesariamente. Sólo hay que desconfiar de algo más sutil: de creer que un número responde por sí solo a una pregunta que el número nunca se hizo.
La EPA mide determinadas situaciones con una metodología estadística rigurosa. El módulo de jóvenes de 2024, por ejemplo, estudia a la población de 15 a 34 años y utiliza definiciones armonizadas a escala europea.
Y eso no significa que el dato sea sospechoso; tan sólo significa que debemos leerlo exactamente por lo que mide y no convertir automáticamente “personas que estudian y trabajan” en “jóvenes universitarios extraordinariamente sacrificados que salen de clase para incorporarse a un empleo”.
Puede haber estudiantes trabajadores, trabajadores estudiantes, jóvenes que necesitan trabajar, jóvenes que quieren trabajar.
Puede haber quienes buscan experiencia, quienes intentan pagar sus estudios, quienes estudian una carrera, quienes hacen un curso, quienes trabajan ocho horas y estudian dos o quienes estudian ocho y trabajan dos.
Pero también puede haber personas que llevan veinte o treinta años trabajando y que ahora están haciendo un máster, un curso, una certificación, aprendiendo un idioma o reciclándose profesionalmente.
- ●Esos son los “curro-sí”.
- ●La estadística puede meterlos en el mismo saco.
- ●La vida, desde luego, no.
Así que quizá debamos celebrar al “sí-sí”, pero sin olvidar hacerle una pregunta incómoda: ¿eres un joven que estudia y trabaja porque has aprendido a compatibilizar dos actividades, o eres alguien que trabaja y estudia porque el mundo laboral ya no permite dejar de estudiar nunca?
Y quizá haya una segunda pregunta: ¿cuántos de los que llamamos “sí-sí” son en realidad “curro-sí”?
Porque esa diferencia puede contarnos una historia bastante distinta.
Y, sobre todo, una última pregunta: si dentro de treinta años seguimos trabajando y estudiando, ¿seguiremos siendo “sí-sís”… o para entonces habremos inventado una palabra para describir a una sociedad entera que nunca consigue terminar de formarse?
Porque quizá el verdadero cambio no sea que los jóvenes estudien y trabajen, sino que hemos dejado de tener una línea de meta.
Y, visto así, igual el problema no es que seamos una generación de “sí-sís”.
Igual somos simplemente una sociedad de “curro-sís”: una sociedad que trabaja, se forma, se recicla, se actualiza, se certifica y vuelve a formarse.
Y que, cuando por fin cree que ya sabe suficiente, recibe un correo: “Hemos detectado que tu formación necesita actualizarse”.
Perfecto. ¿Dónde se firma?
Ahí estaremos los “curro-sí”: trabajando, estudiando y preguntándonos, con bastante socarronería, cuándo demonios se supone que nos graduamos de una vez.

Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?
