Cuando cambiar de peluquero se convierte en una cuestión de supervivencia
Cuenta la leyenda que una persona que ya peinaba canas desde hacía varias décadas decidió, un buen día, cambiar de peluquero y no lo hizo por capricho, ni porque el anterior le hubiera cobrado demasiado, ni porque hubiese descubierto que en la peluquería de enfrente daban conversación, café y hasta puntos para una tarjeta de fidelización.
Lo hizo por pura supervivencia.
Su peluquero de toda la vida, Manolo, frisando ya los setenta, había sido durante décadas un auténtico artista de la tijera. Tenía una mano prodigiosa, una conversación inagotable y conocía aquella cabeza mejor que su propio dueño.
Pero los años no perdonan y aquella antigua destreza quirúrgica de la tijera había empezado a transformarse en algo parecido al movimiento de una batidora con vida propia.
El cliente entraba con pelo y salía… con suerte, con el mismo número de orejas así que decidió modernizarse.
Como quien cambia de coche porque el suyo empieza a pedir la jubilación, decidió probar una de esas nuevas peluquerías que parecían más bien una mezcla de salón de belleza, cafetería, centro de ocio, clínica estética y oficina de atención al cliente.
Había visto el local desde fuera y le había llamado la atención.
El viejo universo de Manolo
En la peluquería de Manolo había poco entretenimiento, pero el suficiente.
En una mesita descansaban unas revistas antiguas de coches, de aquellas en las que uno podía encontrar un reportaje sobre un Seat, un BMW o cualquier vehículo que ya no se fabricaba, junto al periódico del día, que Manolo compraba todas las mañanas y, discretamente colocadas debajo, había un par de Interviús recientes que nadie reconocía haber llevado allí, pero que misteriosamente siempre estaban disponibles.
No había futbolín, ni pantalla gigante, ni máquina de bebidas.
Había un cenicero, aunque hacía años que nadie fumaba, un perchero que había conocido tiempos mejores y aquella colección de revistas que permitía al cliente entretenerse mientras esperaba o, más habitualmente, iniciar una conversación sobre coches, fútbol, política o cualquier otro asunto que no tuviera absolutamente nada que ver con el corte de pelo.
Y, por supuesto, estaba Manolo.
Que era, en realidad, el principal servicio de la peluquería.
De la peluquería a la “Hair Experience”
No ponía PELUQUERÍA MANOLO.
Ni BARBERÍA PACO.
Ni mucho menos PELUQUERÍA UNISEX.
Ahora los nombres parecían sacados de una agencia de publicidad:
HAIR LAB & BEAUTY EXPERIENCE.
O cualquier otra combinación de palabras inglesas que, juntas, parecieran importantes, aunque nadie supiera exactamente qué significaban.
Porque ya no se va a cortarse el pelo.
Ahora se vive una experiencia capilar.
Entró.
Y allí había un futbolín, una máquina de bebidas, unos sillones que parecían sacados de la cabina de un avión y una pantalla enorme en la pared.
En lugar de revistas de coches, había una tablet con vídeos de cortes de pelo.
En lugar del periódico del día, dicha pantalla mostraba promociones, consejos para cuidar la barba y fotografías de hombres que parecían no haber tenido jamás un pelo fuera de sitio.
Y en lugar de aquellas misteriosas Interviús que Manolo escondía debajo de las revistas de coches, había un pequeño expositor con revistas de tendencias, productos para el cabello y folletos que explicaban cosas tan importantes como la diferencia entre una cera, una pomada, una crema de peinado y un producto de acabado mate.
Allí uno no esperaba leyendo, se entretenía o, por lo menos, eso parecía.
Por un momento pensó que se había equivocado de puerta y que aquello era una terminal de aeropuerto.
Solo faltaba que anunciaran:
-Pasajero con destino a la nuca, embarque por la silla dos.
Para cortarse el pelo, primero hay que registrarse
Se acercó al mostrador.
-Buenos días. Quería cortarme el pelo.
La joven que estaba allí levantó la vista del ordenador.
-¿Tiene cita?
–No.
-¿Se ha apuntado por la app?
–No.
-¿O por WhatsApp?
–Tampoco.
-¿Instagram?
–No.
-¿Tiene ficha en nuestro sistema?
-Tengo DNI, carné de conducir y tarjeta del supermercado.
Hubo unos segundos de silencio.
-Sí, pero… ¿está registrado?
-Mire, señorita, ni estoy registrado ni espero que me registren pues no soy un delincuente. Yo lo único que quiero es dejar constancia de que tengo pelo y quiero salir de aquí con menos.
Finalmente consiguió encontrarle un hueco.
-Tengo disponibilidad dentro de dos horas. Si le viene bien, le agendo.
¿Le agendo?
Aquella palabra le dejó más preocupado que el temblor de la tijera de Manolo.
-¿No sería mejor decir que me apunta?
-Sí, bueno… le agendo.
-Ah, perfecto. Pues agéndeme.
Y volvió dos horas después.
La industria integral del arreglo personal
Al entrar descubrió que aquello tenía todavía otra dimensión.
Había chicos y chicas trabajando: unos cortaban el pelo, otros hacían manicuras, otra persona parecía estar preparando algo en las cejas y, al fondo, alguien tenía los pies metidos en una especie de aparato.
Pensó: aquí, si te descuidas, sales con el pelo cortado, las uñas hechas, las cejas perfiladas y una financiación a doce meses.
Se sentó.
Oyó a uno que decía: -Yo me hago el fade cada diez días.
Otro: -Yo la barba cada semana.
Un tercero: -Yo voy cada cinco o seis días para el retoque.
Pensó: ¿Cada cinco días?
-¿Pero qué le crece a este hombre: el pelo o la hierba?
Por fin llegó su turno.
Comienza el proyecto de ingeniería capilar
El peluquero, joven, sonriente y con más cosas raras en la cara y en el cabello que pelo tenía el cliente, le preguntó:
-¿Cómo lo quieres?
Podría ser su nieto o, incluso, ser tan joven que quizá todavía no hubiera hecho la comunión, pero le tuteaba.
–Corto.
–Perfecto.
-Y que dure.
El peluquero levantó ligeramente las cejas.
-¿Que dure, cuánto?
-Pues… lo máximo posible.
-¿Qué tipo de corte buscas?
-Corto. Lo máximo posible sin llegar a rapado.
El peluquero sonrió con la seguridad de quien está a punto de desplegar un catálogo de posibilidades.
-¿Clásico, degradado, corto, largo, con capas, a tijera o a máquina?
El hombre lo miró fijamente.
-¿Todo eso es para cortarme el pelo?
–Sí.
-¿Y no tienen simplemente “corto”?
–No.
-¿“Muy corto”?
–Tampoco.
-¿“Córteme lo que sobra”?
-Depende del estilo.
Nuestro protagonista empezó a sospechar que quizá había cometido un error al abandonar a Manolo.
-Pues mire, joven: yo quiero un corte de los de toda la vida. Quiero que me quite el pelo que me sobra, sin más.
El peluquero pareció no entender del todo la respuesta.
-¿Qué tipo de degradado?
-¿No fastidies que se me va a degradar? ¿Se me va a caer?
-¿Low, mid o high?
-El que sea más corto.
-¿Fade o taper?
-El que dure más.
-¿A cero?
–No.
-¿A uno?
–Tampoco.
-¿A dos?
-Eso ya parece una conversación de cárcel.
-¿Laterales muy cortos?
–Sí.
-¿Nuca limpia?
–Por supuesto.
-¿Patillas marcadas?
-Las que tengo, como las de Curro Jiménez.
El peluquero lo miró sin entender la referencia.
-¿Raya?
-¿No ves que peino para atrás?
-¿Flequillo?
-¿Oíste lo de que peino para atrás?
-¿Textura?
El hombre se pasó la mano por la cabeza.
-Tengo pelo, no una pared.
-¿Acabado mate o brillante?
-Normal. No sabía que tuviera el pelo de dos tonalidades; como mucho, castaño y canas.
-¿Natural?
-Eso espero. ¿O van a ponerme una peluca artificial?
El peluquero hizo una pausa y volvió a mirar la pantalla.
-¿Y la parte superior?
El hombre miró al espejo y comprobó que, efectivamente, todavía conservaba allí arriba aquello que había ido a cortar.
-¿La superior? Como estaba antes de entrar, pero con menos pelo.
-Perfecto. Entonces hacemos un corte personalizado.
El máster previo al corte de pelo
Y fue en ese momento cuando comprendió que ya no estaba en una peluquería.
Estaba contratando un proyecto de ingeniería capilar.
Porque antes uno entraba y decía:
-Córtame un poco los lados y arriba déjamelo igual.
Y el peluquero respondía:
–Vale.
Cinco minutos después empezaba la faena.
Ahora, para cortarte el pelo, parece que necesitas previamente realizar un máster, descargar una aplicación, escoger una tendencia, definir el nivel de degradado, decidir la textura, seleccionar el acabado y, si te descuidas, firmar un consentimiento informado.
Y todo para terminar diciendo:
–Lo de siempre. Pero lo de siempre ya no existe.
Cuando la peluquería se convierte en segunda residencia
Salió de aquella peluquería con el pelo cortado, la barba perfilada (no se acuerda en qué momento pidió que se la hicieran) y la sensación de haber aprobado un examen del que ni siquiera conocía el temario.
Mientras caminaba, comenzó a pensar en cómo habían cambiado las cosas.
Antes, los hombres iban al peluquero cuando el pelo ya estaba suficientemente largo como para justificar el viaje. Si había una boda, una comunión o algún acontecimiento especial, se hacía una visita extraordinaria para presentarse decentemente.
Ahora, sin embargo, algunos acuden cada pocos días, se retocan, se perfilan, se hacen el degradado, se arreglan la barba, se perfilan el cuello, se recortan las patillas, se hacen las cejas y uno empieza a preguntarse si algunos hombres van a la peluquería o tienen allí una segunda residencia.
Antes la barba era barba; ahora tiene diseño, geometría, arquitectura y mantenimiento incluso hay algunas que parecen haber sido levantadas con escuadra, cartabón y nivel láser.
La nostalgia de una pregunta sencilla
Y fue entonces cuando empezó a echar de menos a Manolo: recordó el viejo sillón, el espejo de siempre, la radio, las conversaciones y, sobre todo, aquella pregunta que no necesitaba aplicación, contraseña ni código QR:
-¿Lo de siempre?
Y él respondía:
–Sí.
Nada más.
Quizá Manolo ya no tuviera la mano tan firme como antes, quizá aquella tijera tuviera ahora cierto temblor involuntario pero, pensándolo bien, tampoco parecía tan grave pues, al fin y al cabo, el nuevo peluquero había utilizado diez herramientas, una máquina, tres productos y media docena de términos en inglés para hacer algo que Manolo resolvía con un peine, unas tijeras y una conversación sobre el tiempo.
La tentación del descuento para mayores
Y entonces apareció ante sus ojos otro dilema pues en la puerta de una nueva peluquería había visto un cartel:
“DESCUENTO ESPECIAL PARA MAYORES DE 65 AÑOS.”
Se quedó mirando.
Por un lado, Manolo.
Por otro, la modernidad.
Y, entre ambos, un descuento.
La peluquería se llamaba: OLD & COOL – Senior Hair Experience.
Viejo y moderno.
O, dicho de otra manera: “A los viejunos todavía nos queda pelo para seguir estando a la moda.”
Se quedó unos segundos pensando.
Quizá debía volver con Manolo, quizá debía seguir con la modernidad, quizá podía hacer una cosa intermedia: ir a la nueva peluquería por el descuento y, si el resultado no le convencía, pasar después por Manolo para que arreglara el desaguisado.
Aquello sí sería economía circular capilar: primero te modernizas, después te arrepientes y finalmente vuelves al peluquero de toda la vida.
El regreso a Manolo
Pero, tiempo después, cuando le volvió a crecer lo suficientemente el pelo decidió no complicarse más, cruzó la calle y entró en la peluquería de Manolo.
-¡Hombre! -dijo éste-. ¿Dónde te habías metido?
-He estado probando una peluquería moderna.
-¿Y qué tal?
–Muy bien.
-¿Entonces vuelves allí?
Nuestro protagonista se sentó en el sillón. Sobrabas las palabras.
Manolo cogió la tijera.
-¿Lo de siempre?
Y respondió:
–Lo de siempre.
Quizá el verdadero progreso sea no complicar lo sencillo
Porque quizá el verdadero progreso no consiste en complicar lo sencillo, sino que consiste en mejorar lo que ya funciona y quizá nunca hemos ido solamente a que nos corten el pelo, hemos ido a conversar, a escuchar, a contar, a repetir historias que ya habíamos contado otras veces, a salir un poco más arreglados de lo que entramos y, sobre todo, un poco más acompañados.
Por eso, aquella tarde, cuando salió de la peluquería de Manolo, se tocó la nuca.
El corte era sencillo.
No tenía nombre.
No había sido diseñado para Instagram.
No tenía lookbook.
No había pasado por ninguna hair experience.
Pero estaba bien.
Muy bien.
Y mientras se alejaba, pensó que quizá había descubierto la tendencia más revolucionaria de todas: volver a lo sencillo.
Aunque, eso sí, al llegar a casa se miró al espejo, se pasó la mano por el pelo y dijo:
-Manolo, te has pasado un poco.
Se quedó pensando.
-O quizá me he pasado yo de moderno.
Y sonrió.
Porque, al final, el único corte que realmente no pasa de moda es el que te hace sentir que sigues siendo tú y si además el peluquero sabe cómo te llamas, recuerda cómo quieres el pelo y no te pregunta si tienes descargada la aplicación… eso ya no es una peluquería; eso es patrimonio histórico y, como tal, conviene conservarlo.
Aunque tiemble un poco la tijera.
Y, puestos a modernizarse, quizá algún día Manolo termine poniendo un cartel en la puerta: PELUQUERÍA MANOLO – OLD SCHOOL HAIR EXPERIENCE.
Con cita previa, por supuesto.
Por WhatsApp.
Porque una cosa es volver a lo de siempre… y otra muy distinta quedarse fuera del negocio.

Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?
