A raíz de la noticia sobre la creación de la Cátedra de la soledad no deseada y cuidar bien, por parte de la Universidad de Oviedo, he de decir desde mi humilde punto de vista que hubo un tiempo en que para crear una cátedra hacía falta saber algo, incluso mucho, a ser posible.
La simple palabra nos llevaba a disciplinas, a campos del conocimiento, a años de estudio y a una silla desde la que un especialista se dedicaba a enseñar, investigar y formar a otros especialistas; la cátedra era, por decirlo de manera pedestre para los ciudadanos de a pie como yo, el lugar al que llegaba el conocimiento después de haber hecho méritos.
Cuando la cátedra significaba autoridad del saber
Así, de aquellas había —y hay— expresiones relacionadas con la autoridad del saber, pero que poco a poco están perdiendo su razón de ser, tales como:
- ●Sentar cátedra: originalmente evocaba la autoridad de quien ocupa la cátedra y habla desde una posición de conocimiento. Hoy puede tener un matiz irónico: «No vengas aquí a sentar cátedra», es decir, a hablar como si tuvieras la verdad absoluta.
- ●Hablar ex cathedra: literalmente, «desde la cátedra». Es hablar con autoridad, como quien emite una afirmación respaldada por su posición o conocimiento.
- ●Ser una autoridad en la materia: durante mucho tiempo llamar a alguien «una autoridad en la materia» no era simplemente decir que sabía mucho, sino reconocerle un prestigio intelectual consolidado.
- ●Ser una eminencia: eminencia tenía una carga mucho más fuerte que el actual «es muy bueno en lo suyo». Llamar a alguien «una eminencia» implicaba situarlo en una posición excepcional dentro de un campo.
- ●Ser un maestro / ser un maestro en la materia: maestro no significaba únicamente alguien que enseña, sino alguien que había alcanzado un dominio reconocido de un saber o una disciplina.
- Ser un sabio: tenía una dimensión más solemne que el uso cotidiano actual. No era simplemente alguien «muy listo», sino alguien cuya vida y formación le habían llevado a acumular un conocimiento extraordinario.
- ●Ser un docto / hombre docto: docto procede del latín doctus, «enseñado, instruido». Era una forma bastante seria de reconocer una gran formación intelectual.
- ●Ser un erudito: la erudición implicaba conocimiento profundo y, especialmente, acumulación de lecturas, estudios y fuentes. Un erudito era alguien que había dedicado años a un campo.
- ●Tener autoridad: decir que alguien «tiene autoridad» sobre una cuestión podía significar algo más que tener poder: significaba que su conocimiento hacía que su opinión mereciera ser escuchada.
Del conocimiento a la Cátedra de la Soledad Deseada
Pero aquello, como tantas otras cosas, parece haberse evaporado ya que, presuntamente, ahora basta con que exista un problema social, cuanto más poliédrico y difícil de solucionar mejor, para que aparezca una cátedra y así llegamos a la noticia de una futura Cátedra de la Soledad Deseada y Cuidar Bien.
El asunto es importante, naturalmente, por supuesto, faltaría más: la soledad, los cuidados, el envejecimiento y la dependencia constituyen problemas de enorme trascendencia y es por eso que precisamente resulta inevitable preguntarse qué ha ocurrido por el camino para que necesitemos una cátedra para estudiar aquello que antes probablemente se llamaba geriatría, sociología, psicología, salud pública, trabajo social o, sencillamente, cuidar al prójimo.
Desde mi humilde punto de vista quizá el origen primigenio de cualquier cátedra se haya evaporado porque hemos descubierto que resulta mucho más fácil crear una cátedra que resolver un problema, ya que la misma permite organizar jornadas, publicar informes, hacer fotografías institucionales, colocar unos cuantos logotipos y, con un poco de suerte, celebrar un acto inaugural con autoridades.
Pero, qué duda cabe que, a colación del artículo mencionado, resolver la soledad de un anciano, encontrar cuidadores, mejorar la atención domiciliaria o evitar que una persona dependiente pase horas sin compañía ya requiere algo bastante menos fotogénico: dinero, profesionales, organización y trabajo.
Y aquí aparece la gran paradoja: cuanto más incapaces somos de solucionar determinados problemas, más necesidad parecemos tener de estudiarlos solemnemente y la universidad se ha convertido así en una especie de oficina de denominaciones nobles para problemas de la vida cotidiana y ya no sorprende encontrarse cátedras dedicadas al vino y la sostenibilidad, a los videojuegos y la gamificación, al mindfulness y las ciencias contemplativas o incluso a la ludificación aplicada al Gobierno abierto.
Todas ellas pueden tener perfectamente contenidos científicos y utilidad académica —y algunas la tienen—, pero uno empieza a sospechar que la palabra «cátedra» se ha convertido en un comodín institucional que sirve para elevar cualquier asunto a categoría de alta solemnidad.
La Universidad del Todo
Pero yendo al surrealismo puro y al paso que vamos, la cosa podría llegar mucho más lejos y podríamos tener distintas cátedras —surrealistas, por cierto—:
Podríamos crear la Cátedra de la Siesta Estratégica, dedicada al impacto neuroeconómico de echar el pigazo después de comer.
La Cátedra de la Colada que Nunca se Recoge, para investigar la procrastinación doméstica y sus consecuencias en la convivencia.
La Cátedra del Táper Perdido, con una línea específica sobre la misteriosa desaparición de los táperes en los hogares españoles.
La Cátedra de la Conversación de Ascensor, para estudiar por qué dos desconocidos son capaces de hablar durante treinta segundos sobre el tiempo, pero jamás de política.
La Cátedra del Grupo de WhatsApp Familiar, destinada a comprender por qué una fotografía de un amanecer puede ser reenviada a 46 personas antes de las ocho de la mañana.
Y, por supuesto, la imprescindible Cátedra de la Reunión que Podría Haber Sido un Correo Electrónico, seguramente una de las áreas de conocimiento con mayor proyección internacional.
Las cátedras asturianizadas
Y, a mayores, aquellas cátedras «asturianizadas»:
La Cátedra de la Fabada Estratégica, dedicada al estudio científico de la relación entre la cantidad de compango ingerida y la necesidad de cancelar cualquier actividad prevista para el resto del día.
La Cátedra de la Sidra Derramada, con especialización en técnicas parabólicas avanzadas para conseguir que la mayoría de la bebida llegue al vaso y el restante termine en la mesa, el suelo o la camisa de alguien.
La Cátedra del Culete Perfecto, orientada a investigar la compleja ciencia de servir sidra desde una botella a 40 centímetros de altura sin mojar al comensal de enfrente.
La Cátedra del Cachopo Inabarcable, destinada a determinar en qué momento una comida tradicional pasa de ser un plato a convertirse en un proyecto de infraestructura.
La Cátedra del «¿Tomamos un Café?» Asturiano, para estudiar por qué dicha expresión puede dar lugar indistintamente a un café, una cerveza, dos botellas de sidra, una fabada y una conversación de tres horas.
La Cátedra del «Está Orbayando», cuyo objetivo es establecer, mediante rigurosos métodos científicos, cuándo una ligera llovizna deja de ser orbayu y pasa oficialmente a ser lluvia. Pero ambas mojan igual.
La Cátedra del Paraíso Natural con Nubes, especializada en demostrar que una montaña asturiana cubierta de niebla sigue siendo exactamente igual de espectacular y, además, mucho más misteriosa.
La Cátedra de la Playa de Verano a 17 Grados, encargada de estudiar el fenómeno por el cual un asturiano considera perfectamente razonable bañarse a esa temperatura mientras el resto de España está buscando una rebequita.
La Cátedra del Prado con Vistas, dedicada a determinar cuántas vacas son necesarias para convertir automáticamente cualquier paisaje asturiano en una postal.
La Cátedra del Queso que Huele Más que Tú, centrada en el estudio de los quesos asturianos cuya intensidad aromática permite detectar su presencia antes de abrir la nevera. Incluso desde el portal.
La Cátedra del «Esto con un Poco de Sidra Entra Mejor», destinada a investigar la capacidad de la sidra para solucionar problemas que, en principio, no parecían tener ninguna relación con la sidra.
La Cátedra del Pote que Alimenta a un Concejo, para analizar cómo una olla aparentemente normal puede producir comida suficiente para alimentar a una familia, sus vecinos y, llegado el caso, a varias generaciones futuras.
La Cátedra de la Ruta que «Son Cinco Minutos», especializada en estudiar por qué una excursión asturiana anunciada como «facilita» termina incluyendo desniveles, barro, 14 kilómetros y una persona preguntando si queda mucho.
La Cátedra de la Montaña que Está Ahí Mismo, dedicada a investigar la particular concepción asturiana de las distancias, según la cual «está al lado» puede significar perfectamente 45 minutos de curvas, subidas y bajadas.
La Cátedra del Pincho que se Convierte en Comida, cuyo objeto de estudio es determinar en qué momento exacto tres pinchos, dos vinos y «una cosa para compartir» pasan a constituir oficialmente una comida completa.
La Cátedra del Chigre, disciplina multidisciplinar destinada a estudiar ese misterioso lugar donde el tiempo transcurre de manera diferente y nadie sabe exactamente a qué hora tenía pensado volver a casa.
Y una especialmente académica:
La Cátedra de la Humedad Asturiana Aplicada, con líneas de investigación en ropa que nunca termina de secarse, paredes que desarrollan personalidad propia y la misteriosa capacidad del orbayu para mojar más que una lluvia convencional.
Cuando la ocurrencia se acerca demasiado a la realidad
Lo fascinante es que algunas de estas ocurrencias ya no están tan lejos de la realidad pues existen cátedras universitarias sobre videojuegos y gamificación, vino y sostenibilidad, ciencias contemplativas y mindfulness, o ludificación aplicada al Gobierno abierto.
La universidad contemporánea ha demostrado una admirable capacidad para convertir casi cualquier aspecto de la existencia en objeto de investigación y quizá ese sea precisamente el problema: hemos confundido que algo pueda estudiarse con que todo necesite una cátedra.
De esta manera, todo puede estudiarse, la cuestión es si todo merece una cátedra.
Seguramente, pienso yo, una cátedra debería ser algo más que una etiqueta académica de lujo, debería aportar conocimiento nuevo, investigación rigurosa, docencia y transferencia y, si no, corremos el riesgo de que dentro de unos años tengamos una universidad llena de cátedras y vacía de disciplinas; muchas placas en las puertas, muchos seminarios y muchos actos, pero cada vez menos sillas de esas desde las que alguien realmente sabe algo y se dedica a enseñarlo.
El propio listado de Cátedras Institucionales y de Empresa de la Universidad de Oviedo permite comprobar hasta qué punto la fórmula de la cátedra se ha extendido y diversificado.
La verdadera edad de oro de la cátedra
Y, sí, podremos decir que la cátedra ha alcanzado su verdadera edad de oro: ya no será el lugar donde se sienta el conocimiento, sino donde se sienta cualquier problema que todavía no sabemos cómo resolver.

Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?
