Las reacciones ante las agresiones a mujeres tras la invasión de Ceuta desde Marruecos son tan débiles que, sin ser silencio, se le parecen demasiado.
En Ceuta se han contabilizado 23 agresiones sexuales desde la entrada masiva del 30 de julio. Nueve víctimas son menores y cinco de los casos investigados son violaciones con penetración. Son mujeres vulnerables.
Exactamente ese perfil humano para cuya defensa se lleva años construyendo ministerios, observatorios, campañas, consignas, manifestaciones y un vocabulario entero de emergencia feminista y negocio de organizaciones que viven de que haya un problema, no de que el problema disminuya o desaparezca.
El Ministerio de Igualdad sí ha condenado los hechos, ha advertido del riesgo específico para las mujeres migrantes y ha reclamado medidas de protección.
La asociación ADAVASYMT Valladolid publicó un comunicado específico sobre las agresiones de Ceuta, y Tribuna Feminista manifestó públicamente su dolor e indignación por las menores agredidas.
Inmensas reacciones para cubrir una apariencia de reacción muy lejana a una verdadera reacción.
No ha aparecido una movilización feminista nacional proporcional a la gravedad de los hechos.
No hemos visto manifiestos conjuntos, concentraciones significativas, campañas masivas ni una conmoción política y mediática comparable a la que determinados casos de violencia sexual han provocado en otras circunstancias.
No estamos, por tanto, ante un silencio absoluto. Estamos ante una indignación sorprendentemente tenue.
Cuando el relato incomoda
¿Por qué? Porque esta vez el contexto político no encaja bien en determinados relatos. No les conviene. Para el feminismo administrado de intención política, no criminalidad la cultura bárbara (machista por más señas) de la que proceden los agresores es una cultura protegida.
Resulta deshonesto en grado sumo fingir que la crisis migratoria no creó un escenario extraordinario de vulnerabilidad femenina y que ese escenario no merece el mismo nivel de exigencia, vigilancia y movilización que se reclama en otros contextos.
Y es eso precisamente lo que sucede. Se finge que nada denunciable, perseguible y punible ocurre. Le es más conveniente al feminismo hipócrita asociarse al discurso del otro negocio, el de justifica la inmigración ilegal, que trata con respeto la cultura religiosa y los usos sociales que han desarrollado. Esos que nosotros hemos inhibido por civilización pero que ellas no pretenden inhibir en ellos, por respeto a su barbarie.
Si la defensa de las mujeres es verdaderamente universal, debería ser especialmente intensa cuando las víctimas son más vulnerables porque están sometidas a un sistema social y religioso que ensalza el abuso contra las mujeres.
Y debería ser especialmente críticas y combativas con y contra ese su sistema.
El delfín que tampoco se convirtió en símbolo
Algo parecido ocurre con el episodio de una cría de delfín que llegó viva a la costa ceutí y acabó muerta después de ser sacada del agua y golpeada. Todos lo hemos visto.
También aquí hubo reacción de compromiso, no de acciones efectivas. Una asociación medioambiental denunció formalmente los hechos y hubo condenas públicas. Pero el episodio no produjo una gran movilización animalista nacional, ni campañas masivas, ni una conmoción política duradera.
y, sobre todo, no se produjo una exigencia de aplicación en territorio español de las leyes de bienestar animal que rigen en España.
Y entonces resulta inevitable recordar a Excalibur.
El perro nacional
En 2014, durante la crisis del ébola, el perro de Teresa Romero fue sacrificado por decisión sanitaria de la Comunidad de Madrid, gobernada por el PP, ante el posible riesgo de transmisión.
Yo no compartí aquella protesta. La consideré desproporcionada frente a una decisión adoptada en un contexto de emergencia sanitaria prevista en la ley y aconsejada por la prudencia, con incertidumbre científica y responsabilidad pública sobre posibles contagios.
Sin embargo, aquella decisión provocó vigilias, manifestaciones, campañas masivas en redes sociales, centenares de miles de firmas, enfrentamientos con la Policía y acciones judiciales. Activistas intentaron impedir físicamente que se llevaran al animal. Hubo cargas y heridos. España descubrió durante unos días que tenía un perro nacional.
La paradoja resulta difícil de ignorar.
Un perro sacrificado preventivamente durante una crisis sanitaria desencadenó una rebelión emocional de alcance nacional.
Una cría de delfín maltratada hasta morir en Ceuta no ha generado nada remotamente parecido ni de lejos
Y, sobre todo, 23 agresiones sexuales contra mujeres y niñas tampoco han provocado una movilización comparable.
La elasticidad moral
Si maltratar un animal es intolerable en territorio español, debe serlo gobierne quien gobierne y venga de donde venga quien lo maltrate. Y si una agresión sexual contra una mujer exige denuncia y pública y persecución legal debería exigirla también cuando denunciarla introduce criticas incómodas sobre inmigración ilegal, invasiónhíbrida, protección de fronteras, o respeto a culturas bárbaras.
Ese es precisamente el problema de convertir las causas morales llenas de moralina en identidades políticas: terminan apareciendo víctimas inoportunas y agresores inconvenientes.
La moral empieza a adaptarse al relato. La intensidad de la indignación empieza a depender del adversario político disponible. Y entonces la causa deja de ser universal para convertirse en una herramienta de combate ideológico.
La regla debería ser sencilla
Misma víctima, misma indignación; mismo hecho, mismo juicio.
No importa si gobierna el PP o el PSOE. No importa si el agresor es español, marroquí, gitano o belga. No importa si el caso facilita el relato político propio o lo complica.
Los principios sólo son principios cuando también se aplican cuando incomodan.
Lo demás no es conciencia moral. Es marketing ideológico.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
