Asturias Liberal > Aportaciones > Hechos difíciles de entender y explicar

La historia venezolana está poblada de acontecimientos que aún nos interpelan. Sus consecuencias siguen vivas, como cicatrices que atraviesan generaciones y obligan a preguntarnos por qué tantas veces hemos extraviado el camino de la República.

Miranda, Bolívar y las primeras grandes preguntas

¿Por qué Francisco de Miranda, generalísimo, precursor de nuestra Independencia y uno de los grandes visionarios de la Gran Colombia, terminó encerrado y muriendo en la prisión de La Carraca?

Allí quedó cautivo un hombre que había consagrado su vida a la libertad de Venezuela.

¿Por qué Simón Bolívar transitó tantas estaciones de pensamiento y acción? Del Juramento del Monte Sacro al Manifiesto de Cartagena; del Decreto de Guerra a Muerte, a la Carta de Jamaica; del Congreso de Angostura, al “tratado de regularización de la guerra” firmado con Pablo Morillo (Trujillo, 1820), al encuentro de Guayaquil con San Martín; del proyecto boliviano a la amarga despedida de Santa Marta.

En cada texto y en cada decisión aparece la tensión entre libertad y autoridad, unidad y fragmentación, ley y caudillismo.

●¿Es justo depositar sobre José Antonio Páez todo el peso de la separación de la Gran Colombia?

●¿O aquellos acontecimientos ya anunciaban el nacimiento inevitable de la República de Venezuela en 1830?

La Cosiata, las rivalidades regionales, el agotamiento de la guerra y las tensiones con el poder central de Bogotá conformaron una madeja histórica difícil de desenredar.

Páez fue protagonista decisivo de ese ciclo, y Venezuela debe seguir examinando, con rigor y sin simplificaciones, aquella herencia.

La difícil subordinación de las armas a la ley

¿Por qué una parte del estamento militar recibió con hostilidad a José María Vargas, un civil honorable que encarnaba la posibilidad de una República gobernada por ciudadanos?

La Revolución de las Reformas mostró cuán frágil era la autoridad civil frente al peso de las armas. Luego vendrían el nepotismo del monagato, la fratricida Guerra Federal, el personalismo de Guzmán Blanco y la ruptura entre Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, aquellos compadres unidos primero por la ambición y separados luego por el poder: capítulos distintos de una misma dificultad venezolana para someter la fuerza al mandato de la ley.

¿Por qué Eleazar López Contreras fue escogido para conducir el país tras la muerte de Gómez, mientras el entorno familiar del dictador aguardaba otra continuidad?

La inesperada bifurcación de Diógenes Escalante

Y queda el dramático episodio de Diógenes Escalante durante el gobierno de Isaías Medina Angarita. Escalante, embajador de Venezuela en Washington, había concitado un amplio acuerdo para suceder a Medina y conducir una transición con mayores aperturas democráticas. Su súbito y grave quebranto de salud mental, ocurrido mientras se alojaba en el Hotel Ávila de Caracas (3 de septiembre de 1945), desbarató aquella posibilidad.

El vacío abierto por esa tragedia personal aceleró una crisis política que desembocó en el golpe cívico-militar del 18 de octubre de 1945. La historia venezolana también cambia por estas inesperadas bifurcaciones, donde una esperanza colectiva queda suspendida por acontecimientos imposibles de prever.

●¿Por qué la conspiración contra Rómulo Gallegos en 1948, después de que el pueblo lo eligiera con una votación abrumadora?

●¿Por qué se prolongó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez?

El 23 de enero y la reconstrucción democrática

Son interrogantes que revelan una misma debilidad: la dificultad histórica para reconocer que la democracia exige reglas, alternancia, instituciones y respeto por la soberanía popular.

Pero el 23 de enero de 1958 abrió una página luminosa.

La movilización cívico-militar obligó a huir al dictador Marcos Pérez Jiménez y devolvió a Venezuela la posibilidad de reconstruir la República. A partir de aquel día nació la etapa de mayor estabilidad política, social e institucional que conoció el país durante cuarenta años de democracia.

Fueron décadas de libertades públicas, ascenso social, educación, obras de infraestructura, desarrollo petrolero y construcción de una amplia clase media. La democracia venezolana recibió también la impronta de una nación petrolera.

Desde el reventón del pozo Barroso II, en Cabimas, estado Zulia, en 1922, el petróleo alteró para siempre la economía, la sociedad y la política del país. Llegaron las grandes empresas transnacionales atraídas por una riqueza inmensa, mientras el régimen de Juan Vicente Gómez administraba las concesiones bajo una lógica personalista, con privilegios y redes de poder alejadas del control ciudadano.

Aquella renta petrolera pudo haber quedado reducida a una fuente de enriquecimiento para pocos. La etapa democrática abrió, en cambio, el camino para convertir una parte sustancial de esa riqueza en educación, carreteras, hospitales, vivienda, universidades y oportunidades de ascenso social.

También impulsó la defensa de los intereses nacionales frente a las compañías concesionarias y la construcción de una política energética venezolana. El gran desafío de cada generación ha sido el mismo: transformar el petróleo en desarrollo humano, instituciones sólidas y bienestar para todos los venezolanos.

Esa experiencia demuestra que Venezuela puede levantarse después de los períodos más sombríos. El 23 de enero permanece como una lección de unidad nacional, coraje ciudadano y decisión democrática.

El Pacto de Puntofijo y la memoria de cuarenta años

También resulta difícil de entender la incomprensión que rodeó la estabilidad democrática nacida después del Pacto de Puntofijo. Venezuela tuvo defectos, desafíos y deudas sociales que reclamaban atención.

Pero tuvo también un sistema de libertades que permitió construir universidades, ampliar servicios públicos, crear una clase media vigorosa y sostener una convivencia democrática desconocida en muchas naciones de la región.

Esa memoria exige, sin embargo, una autocrítica honesta.

●¿En qué falló el liderazgo democrático durante aquellos cuarenta años?

●¿Permitimos que la distancia entre dirigentes y ciudadanos creciera demasiado?

●¿Fuimos incapaces de responder con suficiente eficacia a la corrupción, la pobreza, la desigualdad y el desencanto?

●¿Descuidamos la pedagogía democrática, la renovación política y la defensa cotidiana de las instituciones?

El error de no defender las obras de la democracia

También fallamos en la defensa de las obras concretas de la democracia. No bastaba con haber construido escuelas, universidades, hospitales, carreteras, urbanizaciones, servicios públicos y oportunidades de ascenso social: era indispensable explicarlo, preservarlo y defenderlo ante una campaña persistente de descalificación.

La democracia fue vituperada con frecuencia, presentada como sinónimo de fracaso, corrupción e inutilidad, mientras se omitían deliberadamente sus avances, sus libertades y sus posibilidades de rectificación.

Se debió responder con mayor firmeza y mejores argumentos a los ataques arteros contra el sistema democrático. Había razones de sobra para reconocer sus errores, corregirlos y exigir responsabilidades, pero no para renunciar a la República ni para abrirle paso a quienes proponían sustituir las instituciones por el militarismo, el resentimiento y el poder personal.

La crítica era necesaria; la demolición de la democracia, no.

En ese terreno de frustración, desencanto y falta de defensa de la experiencia democrática se incubó un caldo de cultivo favorable al populismo y a las promesas fáciles de un militar desaforado como Hugo Chávez. La democracia no cayó únicamente por sus deficiencias: también fue debilitada por la incapacidad de muchos de sus dirigentes para explicarla, reformarla y defenderla cuando era atacada.

¿Por qué tantos sectores dejaron de comprender el proceso modernizador que impulsaba Carlos Andrés Pérez durante su segundo gobierno?

Venezuela pagó un precio devastador por esos errores, y esa lección debe orientar la reconstrucción democrática del futuro.

Las preguntas de la Venezuela actual

Hoy las preguntas se multiplican.

●¿Por qué la oposición democrática tardó tanto en cohesionar sus fuerzas alrededor de un liderazgo sólido como el de María Corina Machado y de Edmundo González Urrutia?

●¿Por qué hubo que atravesar tantos sacrificios para comprender que la lucha por la libertad requiere organización, unidad ciudadana y respaldo internacional?

El 28 de julio de 2024 millones de venezolanos expresaron una voluntad de cambio. Las actas recopiladas y divulgadas por la oposición indicaron una amplia ventaja de Edmundo González Urrutia; organismos internacionales cuestionaron la falta de transparencia del proceso oficial.

●¿Por qué ese mandato ciudadano continúa sin traducirse en una transición democrática?

●¿Cómo se explica que el Estado de derecho haya sido trastocado por una estructura de poder señalada por corrupción, persecución y vínculos criminales?

●¿Cómo entender que figuras provenientes de la cúpula chavista ocupen tribunas internacionales mientras Venezuela permanece sometida a una tragedia humanitaria y política?

La tribuna internacional y la realidad venezolana

La Asamblea General de las Naciones Unidas ha visto pasar a gobernantes democráticos, estadistas y también a dictadores ominosos protegidos por las prerrogativas inherentes a sus cargos.

Allí estuvo Hugo Chávez, convertido en protagonista de una escena de estridencia e histrionismo cuando afirmó que “olía a azufre”.

Allí estuvo Nicolás Maduro, desafiante ante el llamado “imperio norteamericano”, mientras dentro de Venezuela se agravaban la pobreza, la persecución y la destrucción institucional. Y allí aparece hoy Delcy Rodríguez, registrada por Naciones Unidas, injustificadamente, como presidenta encargada de Venezuela.

Esa tribuna puede darles visibilidad pasajera, pero ninguna intervención borra la verdad de un pueblo. Los dictadores hablan ante micrófonos; los ciudadanos preservan la memoria, resisten y terminan imponiendo el derecho a vivir en libertad.

Venezuela ha padecido decepciones profundas, y comprende el cansancio de quienes esperan justicia. También conserva una fuerza moral que ha vencido al miedo, ha defendido el voto y mantiene encendida la voluntad de recuperar la República.

La herida de la diáspora

Y otra pregunta conmueve a nuestra diáspora:

●¿cómo se explica que venezolanos que huyeron de la persecución, el hambre y el terror sean detenidos o deportados como delincuentes, aun cuando mantienen solicitudes de asilo pendientes?

Entre ellos hay madres que atravesaron la selva del Darién para poner a salvo a sus hijos; hombres y mujeres de trabajo que escaparon con lo indispensable, llevando a cuestas el miedo y la esperanza de empezar de nuevo.

●¿Cómo puede justificarse que esas familias enfrenten esos procedimientos, terminen recluidos en centros de detención y deportaciones, mientras se abren espacios de negocios para personajes señalados por la corrupción que saqueó a Venezuela, incluidos quienes tuvieron responsabilidades en el colapso eléctrico y en contratos que lesionaron el patrimonio nacional? Esa desigualdad moral hiere a la diáspora y ofende el sentido elemental de justicia.

La comunidad internacional tiene el deber de proteger a quienes buscan refugio, garantizar el debido proceso y exigir responsabilidades a quienes destruyeron el país.

Los venezolanos perseguidos merecen amparo; quienes participaron en el expolio de la nación deben responder ante la justicia.

Organizaciones de exiliados han denunciado detenciones de venezolanos con trámites migratorios pendientes y han pedido garantías efectivas.

Reconstruir la República

Estas preguntas pesan porque nacen de la angustia de un pueblo que ha sufrido demasiado. Pero contienen también una enseñanza: Venezuela ha enfrentado derrotas, traiciones, dictaduras y exilios, y ha sabido levantarse.

La reconstrucción democrática exigirá corregir los errores del pasado, atender las heridas sociales, combatir la corrupción y restaurar instituciones capaces de proteger al ciudadano.

Exigirá, además, defender sin complejos las obras de la democracia, sus libertades, sus avances y su capacidad de rectificarse.

Corresponde a la dirigencia democrática orientar, convocar y sostener el ánimo nacional.

María Corina Machado y Edmundo González Urrutia tienen la responsabilidad de conducir esa esperanza con firmeza, inteligencia y sentido de unidad. La resistencia venezolana ha demostrado que no claudica.

La historia todavía tiene capítulos difíciles de entender y explicar; el próximo debe ser claro: recuperar la libertad, restablecer la democracia y devolverle a Venezuela su dignidad.

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