Asturias Liberal > España > Las disonancias de Sánchez y sus votantes

La amnistía, la política espectáculo, la vivienda y Ceuta plantean una misma cuestión: la distancia entre los principios proclamados, las decisiones adoptadas y sus resultados, marca inigualada de la «era Sánchez» que parece llegar a su fin.

Una ruptura profunda de nuestro sistema constitucional, como es la amnistía, regalada en prenda por la investidura de Pedro Sánchez en 2023, y la conversión de la política en un simplista espectáculo emocional son, ni más ni menos, manifestaciones diferentes de un fenómeno que venimos analizando: la sustitución progresiva de la responsabilidad política por la capacidad de construir relatos emotivistas que justifiquen el ejercicio del poder.

Estos aspectos de la insólita trayectoria de Pedro Sánchez por La Moncloa se resumen en tres operaciones que, si bien son útiles accesorios de la política, de toda política, en Sánchez son su esencia, su ideario profundo:

Primero, mentir a sus propios votantes para conseguir o conservar el poder. Unos votantes cuyo grado de deterioro cívico alcanza niveles de récord en España.

Después, elaborar una explicación simplista, infantilizada y sentimental para que las legitime.

Finalmente, lograr (o intentarlo, al menos) que sea esa explicación la que se infiltre en los cerebros y en los bucles verbales habituales de esos votantes más que las consecuencias reales y futuras de las decisiones que están detrás, las que se publican en el BOE.

El relato sanchista deja entonces de explicar los hechos y empieza a sustituirlos.

La amnistía: cuando la necesidad se convierte en virtud

En 2023, los socialistas rechazaban la amnistía; después de las elecciones, la pactaron para reunir los votos necesarios para gobernar. Porque amnistiar, es decir, declarar con efectos materiales que el delito de Puigdemont y los cabecillas de ese golpe llamado prusés, no fue delito, equivale a declarar legal a futuro el mismo referéndum independentista. Cosa que ocurrirá si la reducción del número de sus votantes no se confirmara el día 29 de noviembre.

La reconciliación fue una falsificación posterior, ya sabida, pero insólitamente sostenida por esa pequeña, pero demasiado grande aún, parte de votantes de deteriorada mentalidad cívica.

El Tribunal Constitucional de Conde Pumpido ha avalado la ley. Pero una validez jurídica insertada a calzador no resuelve, ni maquilla siquiera, la realidad confesada de que todo se trataba de un canje.

No sé si es peor que un político pretenda acabar con el sentido común o que a pesar de ello reciba votos, algunos, aunque fueran un puñado.

Mientras tanto Puigdemont presenta la amnistía como una victoria. Pero obtener una concesión no equivale a conseguir la independencia, al menos de momento y, aunque a futuros pudiera servir para una nueva intentona separatista, a él le será difícil rentabilizarlo: fue quien declaró en cosa de unos segundos la independencia de Cataluña, y su suspensión. Y eso, muy glorioso no es.

La amnistía ilustra así el primer mecanismo sanchista: una necesidad de poder se transforma, mediante el relato, en una decisión de pretendida superioridad moral.

Del poder al espectáculo: entran Begoña y la imagen del beso.

Sánchez no puede rentabilizar el próximo 29-N la vuelta de Puigdemont.

Tampoco parece que ni Maricarmen ni los responsables de su crisis personal le esté ayudando demasiado.

Es por todo esto que entra en juego el presidente besando. Sánchez besa a su esposa, la que ha de sentarse en el banquillo como acusada, en sus mítines intentando por enésima vez que la vena sentimental inoculada entre sus fieles cívicamente deteriorados se extienda a los demás españoles, lo que ni Maricarmen en vida ni su fallecimiento llegaron a lograr.

El PSOE se ha convertido así en una simple máquina repetitiva de fabricar enemigos donde no los hay, de simular agresiones personales donde solo hay exigencia de responsabilidad y coherencia, de dramatizar un victimismo permanente y de drenar las arcas públicas, lo de todos, en lograr influencia sobre los medios. Pero estos, o un sector que antaño fue menos incisivo con él, hoy se vuelven hostiles. Crítica e inevitablemente hostiles.

El conflicto político que presenta el PSOE, deformado en partido sanchista, deja entonces de girar alrededor de las actuaciones y pasa a organizarse alrededor de las identidades: ¿Quiénes somos nosotros?: los buenos. ¿Quiénes son los culpables?: los de «la derecha», siempre extrema haga lo que haga.

Vivienda y Ceuta: la comprobación de los resultados

Pero el relato, por eficaz que resulte varias veces, acaba encontrándose con la realidad. Y aquí aparecen asuntos aparentemente distintos que responden a una misma exigencia: comprobar los efectos de las decisiones.

La vivienda ofrece un ejemplo inmediato. Proclamar derechos y aprobar decretos no demuestra que aumente la oferta ni que mejoren las posibilidades de acceso a ella. Se ha insistido en la importancia del suelo, la construcción, la seguridad jurídica y los incentivos. Pero nada.

Y el hecho de no solucionar el problema sino de perpetuarlo, por si se puede extraer el mismo conejo de la misma chistera una y otra vez, surte, sí, el efecto de que algunos españoles sigan dándole al «me gusta». Este gesto infantilizante es lo que mejor define a eso que se hacen algunos cuando «echan», que no «introducen», la papeleta en la urna.

Lo que ya parece cierto es que el caso de Maricarmen se vuelve en contra porque los medios críticos de hoy difunden el efecto que muchos habíamos predicho: suben los precios de los alquileres porque los decretos, tejidos para explotar un supuesto dolor por una fallecida, provocan directamente la contracción de la oferta de vivienda en alquiler. Hay que ver.

Por su parte Ceuta introduce la soberanía en esta misma lógica. Cooperar con Marruecos no supone necesariamente ceder ni depender de su voluntad sin tener previstas y listas suficientes capacidades propias (diplomáticas, económicas y militares).

La frontera sur de España y de todos los españoles tiene ahí una vulnerabilidad, que es como decir que La Moncloa ha mostrado su debilidad a nuestra costa ante el triple test de Rabat: avalancha, intromisión de buques de guerra en aguas españolas y más lo mismo de pesqueros marroquíes en aguas de nuestros pescadores.

La soberanía se proclama, pero también debe ejercerse mediante vigilancia, disuasión y diplomacia eficaz. Quien no es amenazante es amenazado. Esto último, un amenazado, define a este presidente que aún quiere seguir siéndolo.

El 29-N: el relator y las responsabilidades

El caso es que toda esta tensión desemboca en las elecciones.

El PSOE necesita que su relato de resistencia, ya más sentimental que realmente social, movilice más que el balance de sus decisiones.

Y si bien Sánchez debe responder por lo que ha hecho, Feijóo y Abascal, han de demostrar que ofrecen decisiones justificables, instituciones fiables y resultados comprobables.

O sea, han de invertir radicalmente los términos del sanchismo y derrotar la simpleza moral y mental de todo ese socialismo que, de Zapatero a Sánchez, ha brotado de lleno. O estallado, si atendemos a sus efectos destructivos.

Uno de ellos y no el menor es el ya citado: el deterioro cívico de unos pocos millones de españoles. Pocos pero suficientes para unir sus fuerzas a quienes dicen no sentirse como tales aunque sí se beneficien de serlo.

Porque los relatos, los cuentos, las historias de amor pueden recibir votos como se reciben likes en Instagram, pero no construyen viviendas, no crean industrias ni defienden fronteras.

Y una democracia que confunde la representación del poder con su ejercicio termina juzgando a sus gobernantes por lo que dicen ser y no por lo que hacen.

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