Hay que reconocer que esta campaña electoral da para mucho.
Entre la masiva iconografía, cursi a rabiar, del PSOE con su corazón sustituyendo al puño y la rosa, y sus camisetas arraigadas en el amor de Pedro y Begoña, aparecen perlas paradójicas como la de Gabriel Rufián, que se expone a sí mismo y a sus colegas nacionalistas a su eterna incongruencia: catalanista en lo sentimental y español por los cuatro costados, le incomode esto o no.
Se ha percatado en el último mítin junto a su nuevo enganche al Podemos de Irene Montero, de eso, de que es español. Un DNI es más contundente que un sentimiento.
Y es que sí, Gabriel Rufián se acaba de hacer a sí mismo una interesante aportación. Probablemente sin proponérselo.
El aún dirigente de Esquerra Republicana, que lleva años defendiendo la independencia de Cataluña, y emanando frases antiespañolas en cada espectáculo parlamentarios, ha descubierto que existe una realidad que no desaparece por mucho que uno desee ignorarla: España.
Una frontera que solamente existe en la imaginación
La revelación se le produjo cuando algunos de sus compañeros nacionalistas le reprocharon su implicación en «los asuntos de las izquierdas españolas«.
Rufián respondió a la contra ironizando sobre lo imaginado que resulta creer en la existencia de una «frontera mágica en Fraga», como si los acontecimientos políticos al otro lado de Cataluña no tuvieran consecuencias para los catalanes.
¡Una frontera mágica! Magnífica expresión. Y extraordinariamente oportuna, aunque quizá por razones diferentes de las que imaginaba su desorientado y sobrevalorado autor.
Porque el problema del nacionalismo sentimental consiste precisamente en su inclinación a atribuir a los deseos unas capacidades que estos no poseen. Si me siento perteneciente a una nación, esa nación existe para mí.
Y en este mundo asfixiante de emotividad descontrolada, el sentimiento de amor a tu aldea, a tu esposa o a los inquilinos incumplidores se cuelan como argumento central de una izquierda que sabe lo que quiere: el poder, el dinero y el poder que da el dinero ajeno.
Y si, además, pretende que su sentimiento determine por sí mismo la existencia de un Estado soberano, hemos pasado de la política a la prestidigitación.
Los Estados, por desgracia para los ilusionistas, no se constituyen sacando una bandera de la chistera. La realidad tiene la desagradable costumbre de existir al margen de nuestras preferencias.
La nacionalidad no depende de nuestros sentimientos
Uno puede sentirse exclusivamente gallego, vasco, asturiano o catalán y cartagenero a la misma vez. Puede rechazar profundamente su nacionalidad española, combatir el Estado y dedicar su vida a promover su desaparición o su fragmentación.
Pero mientras no cambie la estructura institucional, y los españoles somos tercos en mantenerla incluso cuando nos duele, Rufián seguirá teniendo la nacionalidad española que le corresponda conforme a la ley, con unos derechos y garantías de las que hace un uso profuso. Mayor que el de muchos de sus compatriotas, los demás españoles.
Ni siquiera una nación cultural o histórica equivale necesariamente a una nación política soberana. Esta última supone un entramado efectivo de instituciones, leyes, administración, territorio y poder. Las aspiraciones pueden impulsar su transformación, pero no sustituirla.
Las instituciones no dependen de la adhesión emocional de cada ciudadano. Precisamente por eso garantizan la convivencia entre personas que piensan y sienten de manera diferente. Estaríamos aviados si no fuera así.
No hace falta amar al Estado para estar sujeto a sus leyes y estar definido social y políticamente por ellas. Tampoco hace falta compartir una identidad nacional sentimental para disfrutar de los derechos de ciudadanía. Lo primero le atañe solo a él. Lo segundo a todos.
Solamente un sumo narcisismo psicológico y político (la gauche divine que habían inventado los malcriados hijos de la burguesía catalana tardofranquista) es capaz de creer antepuesto lo introspectivo a lo institucional.
Y en éstas está la izquierda divina que padecemos: ha mutado su mononeural modo de pensar «materialista» de Marx en la igualmente monocorde moda emotivista de Sánchez y compañía.
Pero volvamos a Rufián.
El independentista que cobra del Estado español
La democracia liberal permite incluso que alguien utilice las propias instituciones del Estado para defender su desaparición.
Una posibilidad que Rufián conoce bien y que explota, por supuesto, haciendo buena aquella reflexión de J. F. Revel en Cómo terminan las democracias: las democracias liberales acogen y protegen también a quienes anhelan destruirlas.
Al fin y al cabo, no estamos hablando de un dirigente extranjero que interviene ocasionalmente en la política española. Hablamos de un diputado del Congreso de los Diputados, institución que, según el artículo 66 de la Constitución, representa al pueblo español.
Su actividad parlamentaria, sus facultades y sus correspondientes retribuciones existen gracias a ese mismo entramado institucional.
No deja de tener su gracia que sea precisamente él quien tenga que explicar a otros nacionalistas que no existen fronteras mágicas entre las provincias de Lérida y Tarragona con las aragonesas y valencianas. La única frontera real la tiene Cataluña al norte y no es una frontera catalana.
Querer otra realidad no equivale a haberla creado
Esto no significa que Cataluña, como le sucede a Asturias o La Mancha o cualquier otro territorio, carezca de tradición histórica, cultural o institucional. La tiene.
Pero significa también que el independentismo, extraído desde el afán de poder dentro de su terruño, aprovecha la tolerancia española para insertar un sentimiento identitario por si algún día se convierte en institución soberana.
Mientras tanto y no, querer otra realidad no equivale a haberla creado. Y en esto está la caída del caballo de Rufián. Para justificar su aventura con Podemos se le aparece a sí mismo la verdad revelada: España le afecta. ¿Y por qué? Porque él es español. Sin más.
De verdad que es sugerente la expresión de Rufián. El pensamiento mágico empieza cuando atribuimos a nuestras representaciones subjetivas el poder de transformar directamente el mundo, prescindiendo de los procesos materiales realmente existentes.
En política, ese pensamiento aparece cuando una declaración se confunde con una institución, un sentimiento con una soberanía o una aspiración con un hecho consumado.
Naturalmente, todo nacionalismo y toda ideología puede incurrir en semejante error. Ninguna bandera disfruta de inmunidad filosófica.
La diferencia no está en qué identidad nos entusiasma, sino en nuestra capacidad para distinguir entre lo que existe, lo que imaginamos y lo que pretendemos.
Rufián y su involuntaria lección de realismo
Y ahí reside la involuntaria aportación de Rufián.
Por una vez, su ironía contra los suyos le recuerda a sí mismo que las fronteras estatales no aparecen ni desaparecen por encantamiento. Y que las realidades jurídicas no dejan de existir cuando dejamos de sentirnos íntimamente cómodos con ellas.
Bienvenido, Gabriel, al realismo institucional. De acuerdo contigo en algo por una vez en la vida: en la oscense Fraga no hay una frontera mágica. Lo verdaderamente mágico sería creer que basta con imaginarla para que aparezca.
Y aplíquese el cuento a toda la izquierda: querer, amar, sentir y enamorarse no es prueba de nada. Más bien demuestra que quien coloca todo eso por delante, nada tiene detrás.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
