El sistema democrático español está pasando por una dura prueba. Ningún sistema de gobierno es perfecto e idílico, pero es necesario tener en cuenta dónde están los puntos negros del que nos rige, para estar vigilantes y tomar las mejores decisiones.
La democracia y sus particularidades
En la democracia ateniense, tantas veces idealizada y origen de las actuales, no todo el mundo podía votar. Los esclavos no podían, tampoco las mujeres, ni los extranjeros residentes.
Pero la educación militar y cívica era obligatoria para todos los varones, por lo que todos sabían perfectamente cómo funcionaba el gobierno de su ciudad-estado y qué consecuencias tenían sus votos.
Según nuestra Constitución vigente, la del 78, toda persona residente en España mayor de 18 años puede votar, sin más requisito, en cada una de las 52 circunscripciones electorales. Los extranjeros empadronados también.
Y tenemos en la legislación electoral la ley D’Hondt, que en origen servía para que las minorías territoriales obtuvieran representación en el parlamento nacional, aunque hoy día se percibe como una ley injusta en tanto que hace que los votos de unas zonas sean más valiosos que en otras, o dicho de otro modo, que sea más «barato» en votos sacar un diputado en un sitio que en otro, quebrando así la igualdad política entre españoles.
Aparte de estas particularidades patrias, la democracia tiene dos enemigos mortales que son la desinformación y la demagogia.
El votante desinformado
Un votante desinformado, que no conoce cómo funciona el Estado, ignora las consecuencias de votar a unos, a otros, en blanco o no votar, emite su sufragio como quien echa la primitiva o la bonoloto, a ver qué sale, a lo loco, por capricho, por simpatía, por tener un candidato guapo o por tradición familiar.
Y si hay un número suficiente de votantes ignorantes de la res pública, el agregado de sus votos puede producir que resulten elegidas personas incapaces, ladrones, demagogos e incluso enemigos del propio sistema, que lo dinamitarán desde dentro.
Por este motivo sería fundamental, y lo dejo aquí como idea de mejora, que existiera una asignatura en el colegio o en el instituto, de manera que todo español saliera de la educación obligatoria conociendo el funcionamiento del Estado, el sistema de partidos, la Constitución, el funcionamiento del Senado y del Congreso y algo de derecho fiscal, de modo que a los 18 años pueda votar con un cierto conocimiento de causa.
La demagogia como instrumento político
Luego tenemos a los demagogos, que prometen todo tipo de cosas con tal de recibir la confianza del votante, asegurando cosas que no tienen la más mínima intención de cumplir.
Pagas, sueldos, ventajas y prebendas, que a los votantes incautos les encantaría recibir, y que una vez elegido tal representante, no cumple, escudado en excusas variadas, culpabilidades ajenas e impedimentos externos. Pero así, mintiendo y engañando, ya lo tenemos situado en las poltronas del poder.
En mayor o menor medida, la demagogia es usada por todos los partidos y la mayoría de los candidatos, algunos tan simples que parecen creerse sus propias mentiras.
Podemos y las promesas imposibles
El caso del partido de Irene Montero es paradigmático. Podemos es un partido que rezuma demagogia por los cuatro costados.
Después de anunciar a bombo y platillo unas primarias donde solo se presentaba ella, pero que le sirve para pintarse la cara con maquillaje democrático, elabora un programa electoral tan sencillo como «Paz, casa y trabajo», un mensaje simple y «buenista» para evitar pensar mucho.
Idílico, idealista y a la vez utópico. Muy en la línea de una izquierda «flower power», que no tiene programa ni manera de realizar sus propuestas.
Sus cinco puntos centrales son: conseguir precios justos para la vivienda, trabajar menos para vivir mejor, reducir el coste de la vida, defender la paz frente a la guerra y el aumento del gasto militar y luchar contra la emergencia climática.
Pero no detallan cómo conseguir tan loables objetivos, así que lo que se teme es la intervención estatal en el precio de las cosas, que tantas veces ha fallado en el pasado, y a veces provocando auténticos desastres, y lo que sí certifica es su amor por lo público, concretamente los sueldos públicos que Irene Montero y Ione Belarra no quieren perder bajo ningún concepto.
Pedro Sánchez y la demagogia de los porcentajes
Aun así, en mi opinión, actualmente en España sí hay un candidato que usa y abusa de la demagogia, y es maestro en ella, es nuestro actual presidente, Pedro Sánchez.
Para muestra, un botón: recientemente invitado a un programa de la televisión pública, que controla, y entrevistado en un tono desenfadado y amigable por un presentador que se empeñó él personalmente en contratar para contrarrestar otros programas de la TV privada, y por tanto, le debe su sueldo, y de él depende también su renovación, preguntado sobre el problema de la vivienda, declara con todo su aparente aplomo que en su periodo de gobierno se han construido un millón de viviendas, de las cuales un 13 % son de protección oficial, y lo contrasta con el periodo de gobierno del PP, que solo construyó un 4 %.
Evidentemente, el entrevistador da por bueno el dato y no le pone objeción alguna.
Escuchando el argumento, uno piensa que lo ha hecho mejor que los anteriores, pero cuando bajas a la realidad de las cosas, algo que el común de los espectadores no hace, observamos lo siguiente:
- ●Miente en los datos. En sus años de gobierno, según el INE, solo se han construido aproximadamente 750.000 viviendas. Se está apropiando de 250.000 viviendas construidas en la época del gobierno Rajoy. Hay que remontarse a 2013 para sumar un millón de viviendas construidas.
- ●En la época del gobierno del PP se construyeron más de 4,5 millones de viviendas, por lo que el 4 % de ellas son 180.000 viviendas de protección oficial, frente al 13 % de las que considera «suyas» que serían simplemente 130.000, aceptando como bueno el millón, que ya vimos que no es un dato cierto. La cantidad real y absoluta es menor, pese a su maniobra de despiste.
El análisis de Juan Ramón Rallo
Así funciona la demagogia. Retorcer datos y porcentajes para que parezcan favorables a su gestión, pero es solo apariencia. Engañando en los datos de partida, y opone el 13 % al 4 % como si fuera una cantidad mayor.
Un votante desinformado y limpio de prejuicios lo escucha y queda con la impresión de que su gestión ha sido superior, mejor, más empática y merecedora de su voto. Pero en realidad está engañando de la peor manera, con mentiras aderezadas con medias verdades, de forma que sean más plausibles.
Elegir al menos malo
Así es el panorama frente a nosotros. Como votantes, nuestra tarea debería ser elegir a los mejores para el gobierno de nuestro país, nuestras ciudades y comunidades autónomas, pero lamentablemente, lo cierto y verdad es que tendremos que elegir no al mejor, sino al menos malo.
Lo que es evidente es que si un político te engaña una vez, es su culpa, pero si te engaña dos, la culpa ya es tuya.
Una recomendación al votante
Mi recomendación: No caigas en el sectarismo, analiza lo que te dicen, no te conformes con la demagogia, infórmate, no tragues la verborrea política sin contrastar los datos que dan, detecta al mentiroso y no le votes. Mucho menos al corrupto.
El único político que merece respeto es el que es coherente, que hace lo que dice y dice lo que hace. ¿Cómo se puede votar a un político que, por ejemplo, denosta a los fondos buitre y luego vive de ello?
La tarea no es fácil, pero el momento es delicado. Si no somos capaces de verlo y actuar en consecuencia, tal vez algunos sientan la tentación de enmendar la mayor y desmontar la democracia, que habría demostrado su inutilidad.

Padre de familia, ciudadano y contribuyente español. Analizo lo que me rodea y digo lo que pienso.
Me gusta mi pais y busco que sea aún mejor.
