Asturias Liberal > España > Álvarez-Cascos o la política que sabía ejecutar. Un ejemplo hoy imprescindible

De Fomento a la Presidencia de Asturias: competencia, método y voluntad de convertir los compromisos en hechos. Esa es la síntesis clara de una trayectoria como pocas de entre las que se han dado en la España democrática. Un ejemplo que compite ventajosamente con cualquier otro que se quiera citar.


La tragedia ferroviaria de Urda ha devuelto al debate político tres palabras que nunca debieron perder su centralidad: experiencia, gestión y rigor. Alberto Núñez Feijóo las ha convertido en el eje de la respuesta del PP y, previsiblemente, de buena parte de su campaña electoral.

Puede parecer ventajista y abusivo comparar la gestión de Cascos con las carencias que la gestión de Pedro Sánchez y Óscar Puente hacen de España y de los transportes. Es cierto que cualquier otro presidente y cualquier otro ministro los superarían con facilidad en calidad y honestidad.

Pero España ya no debe solamente aspirar a algo mejor. Eso supondría una simple resignación. Debe aspirar a un Gobierno excelente. No con otro nivel se podrá cambiar de verdad el fallo sistémico que la nación está sufriendo.

Y si bien Álvarez-Cascos no está hoy disponible como político para la primera línea, como no lo están los de su generación, su ejemplo y su consejo de excelencia sí están a mano.

Cristina de la Hoz, en El Independiente, recuerda, a tenor de esta nueva estrategia de Feijóo, a Francisco Álvarez-Cascos entre los ministros de Fomento que reunían formación técnica y responsabilidad política. La referencia merece algo más que una mención de pasada. Porque Cascos representa, ayer, hoy y siempre, una forma de entender el gobierno que España está obligada a recordar y que el Partido Popular, especialmente, nunca debería olvidar.

No escribo estas líneas desde la distancia de una biografía académica. Conozco su trayectoria, he seguido sus actuaciones y he tenido ocasión de apreciar personalmente su método de trabajo. Este artículo es, deliberadamente, un reconocimiento. Pero un reconocimiento que quiere apoyarse en hechos.

El ministro que convertía los proyectos en obras

Francisco Álvarez-Cascos fue ministro de Fomento entre 2000 y 2004. Ingeniero de Caminos, llegó a un departamento de enorme complejidad después de haber sido vicepresidente del Gobierno. Su formación le permitía comprender los problemas técnicos; su experiencia política, coordinar intereses; y su método de trabajo, exigir resultados.

No era un ministro que se limitase a anunciar infraestructuras. Se ocupaba de que los expedientes avanzasen y las obras se ejecutasen y se pusiesen a disposición de los ciudadanos. Con dureza y exigencia, como debe ser. ¿Acaso quedan almas cándidas o perezosas, observando lo que todos observamos, que crean que las obras se pueden ejecutar con componendas, corazones y demás politiqueos sin pagar las consecuencias de ello?

El desarrollo de la alta velocidad española proporciona ejemplos. Bajo su dirección avanzó decisivamente el corredor Madrid-Barcelona, cuya construcción atravesó varias legislaturas. En 2003 entró en servicio el tramo Madrid-Zaragoza-Lleida, aunque la llegada a Barcelona no se completaría hasta 2008.

En noviembre de 2025 recordé en Asturias Liberal la importancia de aquella etapa al comparar los distintos corredores españoles de alta velocidad en «Tres AVE y un agravio: la paradoja de la alta velocidad española». La ejecución de una gran infraestructura nunca pertenece exclusivamente a un ministro, pero tampoco sería justo diluir la responsabilidad de quienes impulsaron sus fases decisivas.

Hay un episodio particularmente ilustrativo sobre el talante propio, no aquél del que presumía el imputado Zapatero: Ante los problemas de señalización y las pruebas pendientes del AVE Madrid-Lleida, Cascos reconoció públicamente el retraso y condicionó su entrada en servicio a que estuvieran garantizadas las condiciones técnicas de circulación. El calendario le importaba y mucho, pero tenía muy claro que la seguridad debía prevalecer sobre él.

También durante su mandato se puso en servicio la conexión ferroviaria de alta velocidad Zaragoza-Huesca y avanzaron proyectos estratégicos como la Variante de Pajares.

Su forma de dirigir tenía una característica que considero fundamental: la exigencia. Estudiar, investigar, contrastar, decidir y comprobar.

No eran estos verbos aplicados exclusivamente a la parte técnica sino que gestionaba también departamentos, adjudicatarios y personas con el mismo rigor porque sabía que el factor humano era tan esencial como el técnico.

Esencial, en primer lugar, para los usuarios: los ciudadanos.

Y sólo en segundo lugar, para su rentabilidad política.

Nunca concibió que lo político debiera opacar lo real: las dos cosas estuvieron permanentemente unidas en sus responsabilidades.

Mandar no consistía en ocupar la cúspide de un organigrama, sino en conseguir que la organización trabajase con método y responsabilidad.

El presidente que quiso gobernar Asturias

En 2011, Álvarez-Cascos regresó a la primera línea política asturiana, encabezó Foro Asturias y alcanzó la Presidencia del Principado.

Su mandato fue breve, de apenas diez meses, y estuvo condicionado por una oposición en pinza entre PSOE y PP asturianos.

Para aquél, suponía la amenaza de que un liderazgo cumplidor acabase con décadas de promesas incumplidas e ineptitud funcional.

Para el PP asturiano, Cascos era quien podía dejar a la vista de todos los caciquismos internos y su pacto real con la FSA para que nada cambiara en la región.

Esa circunstancia política, esa oposición interesada PSOE-PP limitó cualquier balance de realizaciones, pero no impidió que se mostrara, una vez más, su manera de gobernar.

Cascos llegó a la Presidencia con voluntad ejecutiva, no con vocación de administrar rutinariamente lo heredado. Esa es la diferencia.

Redujo la estructura del Gobierno a nueve consejerías frente a la inflación de consejeros y asesores habituales tanto en los gobiernos asturianos como en los españoles.

Promovió rápidamente medidas que había comprometido en su campaña electoral, entre ellas el Salario Joven y las ayudas por nacimiento o adopción. Fueron decisiones concretas, aunque su aprobación no equivalió, en el contexto hostil que los intereses creados opusieron, a que pudiera alcanzar todos los resultados perseguidos.

Más allá de cada medida, es relevante destacar su concepción de la política: los programas debían traducirse en decisiones administrativas, asignaciones presupuestarias y, sobre todo, en actuaciones comprobables.

La falta de mayoría parlamentaria impidió desarrollar buena parte de aquel proyecto. El rechazo de los presupuestos de 2012 y la convocatoria anticipada de elecciones mostraron tanto las intenciones del entramado de intereses que aún tiene bloqueada la región como su rechazo impecable e irrenunciable a someterse al bloqueo.

La dificultad que padeció para ejecutar su programa permite distinguir al político que se compromete con decisiones concretas del que, como desplegaban sus oponentes, encuentra suficiente recompensa en anunciarlas y en estar en el poder sin otra tarea que ejercer la demagogia.

Y hay algo que no debería perderse en la memoria política asturiana: Cascos llegó al Gobierno regional después de haber desempeñado responsabilidades nacionales de primer orden. No necesitaba aprender qué significa dirigir una administración compleja. Traía consigo experiencia, conocimiento y un método.

Un legado que el PP no debería olvidar

La historia política de Álvarez-Cascos incluyó discrepancias, rupturas y enfrentamientos con su partido en Asturias y el no liderazgo nacional de Mariano Rajoy dejó hacer a éste.

Precisamente por eso, su legado merece que hoy, el Partido Popular de Núñez Feijóo, con su reivindicación de la competencia técnica y gestora examine el legado de Álvarez-Cascos sin quedar prisionero de aquellas disputas.

Porque, sí, ese Partido Popular que ahora reivindica la experiencia, la gestión y el rigor, tiene en su propia historia un ejemplo singular de esas cualidades. No debería permitir que las diferencias políticas diecisiete años después queden sin cerrar y sigan ignorando lo que Francisco Álvarez-Cascos aportó al ejercicio del gobierno.

Y tampoco Asturias debería olvidar al presidente que quiso trasladar a su tierra una cultura de dirección adquirida en las más altas responsabilidades del Estado.

Un ministro no tiene que resolver personalmente cada problema técnico. Un presidente autonómico no puede materializar todas sus promesas sin respaldo parlamentario. Pero ambos tienen la obligación de conocer, decidir, organizar, exigir y responder.

Eso es gobernar.

En tiempos en los que la política parece premiar demasiadas veces el anuncio sobre la ejecución, el relato sobre el resultado y la ocurrencia sobre el conocimiento, conviene recuperar el ejemplo de quienes entendieron el poder como una responsabilidad de hacer.

Francisco Álvarez-Cascos merece ese reconocimiento. No por nostalgia ni por amistad, sino porque la política española necesita preservar la memoria de sus dirigentes capaces de convertir las palabras en decisiones y las decisiones en obras.

Y porque un partido que reclama volver a gestionar con rigor debería empezar por no olvidar a quienes ya demostraron que sabían hacerlo.


ENLACES RECOMENDADOS
  1. El Independiente: «Gestión y gestión: la estrategia del PP tras Urda para orillar al PSOE y marcar la diferencia con Vox». Cristina de la Hoz, 29 de octubre de 2026.
  2. Asturias Liberal: «Tres AVE y un agravio: la paradoja de la alta velocidad española». Joaquín Santiago Rubio, 12 de noviembre de 2025.
  3. El País: «La inauguración depende del proceso de pruebas». Declaraciones de Álvarez-Cascos sobre la puesta en servicio del AVE Madrid-Lleida, 28 de febrero de 2003.
  4. Congreso de los Diputados: Diario de Sesiones del 11 de junio de 2003. Comparecencia y respuestas de Álvarez-Cascos sobre los problemas técnicos y el calendario del AVE Madrid-Lleida.
  5. RTVE: «10 meses de polémicas al frente de un Gobierno en minoría». Balance de las decisiones y dificultades de su Presidencia de Asturias, 7 de marzo de 2012.
  6. El País: «El AVE a Lleida arranca con nueve meses de retraso y 147 millones de coste añadido». Información sobre incidencias, plazos y fiscalización de contratos.

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