La productora Elástica Films está trabajando en una adaptación de la novela La Regenta para la plataforma de entretenimiento Netflix. Merece la pena destacar que hablamos de una adaptación de la novela de Leopoldo Alas «Clarín», porque se dice que el guion, firmado por la directora de la película, Mar Coll, junto con Anna R. Costa y Diego Vega, intenta trasladar el clásico de la literatura del siglo XIX al contexto actual con un enfoque —según la propia directora— de «apropiación íntima», centrado en la soledad y el desamor… y que muestre el contraste entre la luminosidad de la protagonista y la depredación de la sociedad provinciana.
La Regenta y la polémica del Cabildo
En el marco del plan de trabajo para el rodaje de la película, la productora envió parte del guion al Cabildo de la Catedral de Oviedo y solicitó permiso para filmar algunas escenas en el interior del templo… pero el Cabildo no ha autorizado la grabación argumentando que la novela puede interpretarse como un ataque a la Iglesia.
La productora ha ofrecido incluso una compensación económica: un argumento que tampoco ha servido para persuadir al Cabildo de la Catedral de Oviedo, quien se ha mantenido firme en su negativa.
Esta decisión, comprensible y muy respetable, ha levantado polémica y airadas críticas —supongo que para sorpresa de nadie— por parte de los detractores habituales del arzobispo de Oviedo, de políticos de izquierdas y de ciertos sectores —autodenominados culturales— a nivel nacional, denunciando estas partes que una institución religiosa no puede condicionar una representación cultural y llegando a acusar al Cabildo de actitudes censoras o al propio monseñor Sanz Montes de ser «un vulgar censor».
Yo no he leído el guion de la adaptación, pero respeto y defiendo que cada uno en su casa pueda dar acceso y permiso a quien considere oportuno para lo que sea.
La hipocresía de Vetusta
No conviene juzgar a la sociedad de la Vetusta del siglo XIX desde la perspectiva de la actualidad, si bien hay una característica común desde mi punto de vista: la hipocresía.
La comunidad de la novela clariniana vivía obsesionada con las apariencias, con simular una rectitud y religiosidad intachables… de alguna manera, el poder necesitaba aparentar virtud; mientras tanto, la realidad se encargaba de poner de manifiesto en aquella sociedad los mismos vicios, ambiciones y faltas que ferozmente criticaba: los habitantes de Vetusta, especialmente los de la alta sociedad, parecían beatos compitiendo por la piedad, acudían fielmente a misa y confesaban regularmente… aunque sus mentes permanecían ocupadas con chismes, envidias y pensamientos pecaminosos que, si la ocasión lo permitía, no dudarían en llevar a la práctica: usaban la religión como un trampantojo que ocultara sus verdaderos instintos, y la novela deja de manifiesto que esas contradicciones alcanzaban tanto al pueblo llano como a la alta sociedad o —incluso— al Magistral.
Supongo que si Leopoldo Alas «Clarín» viviera en nuestros días podría hacer una nueva versión de La Regenta… aunque harina de otro costal sería que la viera publicada, porque hoy en día no hay inconveniente para criticar al Cabildo o mofarse de la religión (siempre que sea la católica, claro), mientras que nuestra hipocresía oculta —entre otras cosas— la censura que existe actualmente en editoriales y medios de comunicación que enarbolan la causa de la libertad.
Pero, siguiendo con Clarín, el autor tendría oportunidad de comprobar y denunciar también que esa falsedad no solo sigue anidada en la sociedad, sino que se ha ramificado en otras instituciones menores como, por ejemplo, las empresas.
Los huesos de santo y los buñuelos de viento
Hace unos días, un colega estaba bastante molesto con algunas acciones llevadas a cabo en el seno de su empresa; la última tuvo lugar con motivo del reciente Halloween, cuando en su empresa habían tenido la ocurrencia de encargar unos dulces típicos de la celebración para recordar viejas tradiciones y animar la jornada a los empleados: unos deliciosos huesos de santo y buñuelos de viento propios de nuestra festividad de Todos los Santos.
La indignación de mi colega estaba llegando a su límite porque en los últimos años, mientras asiste impotente al declive de su empresa, donde las pérdidas económicas y los reveses ya son frecuentes, ha habido regulaciones de empleo, los empleados llevan años con el sueldo congelado y las decisiones siguen en manos del mismo grupo de directivos y responsables que les han conducido a esta situación límite… al igual que en la hipócrita sociedad de la Vetusta decimonónica tan bien reflejada en La Regenta, se hace gala de una supuesta grandeza que oculte las vergüenzas de la realidad y —para anestesiar de alguna manera a la tropa— la empresa de vez en cuando tiene algún detalle con los empleados, así que la semana pasada les tocó degustación de dulces típicos de la época.
Una vieja anécdota y una cesta de Navidad
Mi amigo se acordaba de una anécdota que le sirvió de aprendizaje hace ya mucho tiempo, cuando era un bisoño ingeniero que acababa de aterrizar en la empresa: en aquel momento él se ocupaba de la logística, y el proveedor principal de su empresa era una conocida cooperativa de transporte por carretera.
Un día, en el transcurso de una carga, un conductor (socio de la cooperativa) les dijo a él y a su jefe de entonces que, con el volumen de trabajo que proporcionaban a la cooperativa, seguro que les llegaba una buena cesta de Navidad porque los socios llevaban años autorizando al presidente generosos gastos de representación.
(Hago un inciso para recordar que —obviamente— hoy en día ese detalle, tan natural en aquella época, no estaría bien visto ni permitido por las estrictas normas de compliance instauradas en la mayor parte de empresas).
Continuando con la conversación, el jefe de mi amigo agradeció la información, que solo le sirvió para irritarse porque, después de muchos años trabajando con aquella cooperativa, los únicos detalles que habían tenido con él eran, cada mes de diciembre, una agenda, un bolígrafo y una participación de lotería de Navidad que le enviaban de manera regular.
Una vez expedida la carga y ya en la oficina, el cabreo del jefe de mi amigo seguía en aumento pensando en los regalos de representación de su proveedor, en las cestas de Navidad y en la mísera agenda que a él le llegaba, así que no se pudo contener y llamó al director de tráfico de la cooperativa en cuestión:
—Pablo, hemos estado cargando el camión de hoy y el conductor nos ha informado de que tenéis una generosa partida presupuestaria para gastos de representación, algo que me ha sorprendido porque hasta la fecha, y después de tantos años, por Navidad solo me tocaba una agenda, un bolígrafo y una participación de lotería. Mira, solo te voy a decir que en esta oficina también nos gusta el vino y —además— te voy a contar una historia:
Las monjas, las prostitutas y la bolsina de madalenes
«En cierta ocasión coincidieron en la consulta del ginecólogo dos prostitutas con dos monjas. Las monjas miraban de reojo y con cierto desdén a las prostitutas, pero intentaban escuchar con atención lo que estas conversaban:
—¡Qué abrigo de piel más bonito llevas puesto! —le decía una prostituta a la otra.
—Es magnífico, me lo regaló el Sr. Martínez por pasar un fin de semana con él… Por cierto, ¡cómo me gustan ese juego de collar y pendientes que luces!… —respondió la segunda prostituta a la primera.
—Me los regaló el Sr. Fernández durante un viaje que hicimos juntos… —explicó la primera.
Después de un buen rato, cuando las prostitutas ya habían intercambiado información y detalles sobre no pocos valiosos regalos y dádivas obtenidas de sus acompañantes, la monja más joven le espetó a la mayor con un marcado acento asturiano:
—¡Ay, hermana, cuando venga el Sr. Obispo con la bolsina madalenes, le ha a hacer favores sexuales su santa madre!».
Me perdonarán otro inciso para aclarar que la joven monja no dijo «favores sexuales», sino algo más concreto y soez… y el adjetivo hacia la madre del Sr. Obispo no fue «santa», sino algo bastante más vulgar, pero como no somos exministros, ni eurodiputados… ni siquiera diputados, y como este foro tampoco es un programa de RTVE en horario de máxima audiencia donde dar rienda suelta a un lenguaje ordinario y chabacano esté bien visto, espero que el lector sepa perdonar esta autocensura, se haga cargo de estas licencias e imagine por dónde pueden ir los tiros.
La historia contada por el antiguo jefe de mi colega a su proveedor se quedó ahí, nadie más volvió a acordarse del tema en aquella oficina, pero parece que el tal Pablo captó la indirecta porque tanto mi amigo como su jefe recibieron una caja de vino como detalle navideño de aquella cooperativa de transportes a partir de entonces.
La hipocresía y la ley de la gravedad
Este conocido recordaba la anécdota para —en cierta medida, al igual que se plasma en La Regenta— denunciar la hipocresía de un sistema o de quien se cree que con una golosina o un dulce puede contentar a un colectivo, o confortar, compensar, maquillar o amortiguar una situación bastante más grave y que tarde o temprano terminará sometida al Sr. Newton y su ley de la gravedad… cayendo por su propio peso.
Debemos tener presente que —en este tipo de circunstancias— hay una parte que intenta comprar el favor de la otra mediante cualquier tipo de compensación, pero la verdadera hipocresía cae del lado de quienes lo asumen, de quienes venden su favor (o su voto) fingiendo no ser conscientes del engaño, o incluso lo justifican reconociendo y alabando cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.

Licenciado en Filología Española (Literatura)
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