Una conversación en Advanced Manufacturing Madrid, tres jóvenes, una terraza y una pequeña reflexión sobre el maravilloso arte de complicar lo sencillo.
Esta semana, durante mi visita a Advanced Manufacturing Madrid, tuve ocasión de asistir a una interesante demostración de tecnología punta (o de la que despunta) aunque, curiosamente, no tuvo lugar dentro de ningún stand, ni delante de una máquina de última generación, ni en una presentación sobre inteligencia artificial.
Simplemente ocurrió en una de las terrazas exteriores, concretamente en el pasillo central de Metalmadrid.
Estaba tranquilamente sentado cuando, en las mesas contiguas —prácticamente con las sillas tocándose—, se acomodaron tres jóvenes hispanohablantes que, por lo que pude deducir, acababan de reencontrarse después de bastante tiempo sin verse.
Comenzaron con las consabidas preguntas sobre la vida, el trabajo y esas cosas que uno pregunta cuando se encuentra con alguien a quien hace tiempo que no ve.
La conversación transcurría con absoluta normalidad hasta que uno de ellos lanzó la pregunta que desencadenaría todo el episodio:
—Fulano, ¿y tú a qué te dedicas?
—Soy Project Manager.
La pronunciación del inglés americano fue impecable, tan impecable que, por un instante, pensé que estaba escuchando a un ejecutivo de Silicon Valley.
Y eso que yo, que soy del Tineo profundo, en Asturias, ando más bien escaso en el idioma de Shakespeare, pues mi inglés y, por ende, mi pronunciación tienen ciertas peculiaridades fonéticas. Jejeje.
—¿Y eso qué es?
Y aquí comenzó el espectáculo.
—Pues reporto a mi manager, controlo las incidencias, hago seguimiento de los timelines y deadlines, gestiono meetings, monitorizo el status de los suppliers y las purchases, coordino las teams, hago tracking de los milestones, gestiono los workflows, reviso los deliverables, hago reporting de los KPIs, participo en los kick-off meetings y me encargo del follow-up de los action plans…
No sé si me dejo alguno, pero a aquellas alturas ya había más inglés en la conversación que en una reunión de la OTAN.
El amigo, que debía de tener una paciencia admirable, volvió a preguntar:
—Ya, pero realmente… ¿qué es lo que haces?
Y nuestro protagonista volvió a cargar la ametralladora lingüística con otra ráfaga de anglicismos, con alguna sigla por medio, que parecía más una auditoría internacional que una explicación sobre su trabajo.
Es importante reseñar que el tercer contertulio permanecía en silencio. No sé si porque lo entendía todo, porque no entendía absolutamente nada o porque había decidido que lo mejor era no intervenir en semejante despliegue de globalización verbal.
Pasaron los minutos y la conversación comenzó a entrar en un bucle. El amigo preguntaba qué hacía; el Project Manager explicaba cómo lo hacía (casi desde que se levantaba), utilizando un repertorio cada vez más sofisticado de palabras inglesas; y el otro seguía sin enterarse.
Aquello empezaba a parecer una reunión de seguimiento en la que nadie había definido previamente el objetivo de la reunión y, claro, llegó un momento en el que no pude seguir callado.
Una intervención inesperada
Me incliné ligeramente hacia ellos y, con toda la educación del mundo, intervine:
—Disculpad mi intromisión. ¿Me permitís? Si creéis que no, me callo y seguís con vuestra conversación.
—¡Por supuesto! Sin ningún problema. Coméntenos.
Me trataron de usted. Supongo que mi aspecto debía de transmitirles una mezcla de experiencia, sabiduría y proximidad a la Edad de Piedra. No les culpo, pues hay generaciones que ya consideran vintage cualquier cosa anterior al Wi-Fi.
Así que, con su permiso, tomé la palabra:
—Un Project Manager es, sencillamente, un Jefe de Proyecto. Me da igual que el proyecto pertenezca al sector de la madera, la informática, la construcción, la automoción o cualquier otro. Es la persona que asume la máxima responsabilidad sobre el desarrollo y la ejecución de un proyecto y, por tanto, quien debe conseguir que se lleve a buen término.
Es quien responde verticalmente ante su superior y ante el cliente, y quien coordina transversalmente a los diferentes departamentos y colaboradores implicados.
Dicho de otra manera: es quien tiene que conseguir que las cosas ocurran dentro de los plazos, los costes, la calidad y las condiciones acordadas.
Para ello, naturalmente, informa a su jefe, controla las incidencias, coordina las compras con los proveedores, supervisa las entregas, gestiona la facturación con el cliente, organiza reuniones, hace seguimiento de los compromisos, coordina a los equipos de trabajo y, si es necesario, organiza videoconferencias por Teams (que, por cierto, no es lo mismo que los teams, es decir, los equipos de trabajo).
Y un largo etcétera.
En definitiva, un Jefe de Proyecto es el responsable de que todo aquello que debe suceder, suceda, y de que lo que no debe suceder, no suceda, aunque esto último, en algunos proyectos, sea bastante más complicado.
Mi interlocutor abrió los ojos con una expresión de auténtico descubrimiento.
—¡Chévere! ¡Es la primera vez que veo la verdadera magnitud de mi función! Yo siempre me había visto como Project Manager y no como Jefe de Proyecto.
Sonreí. Habíamos llegado a un punto interesante.
Confundir el qué con el cómo
Pero entonces surgió otra pregunta:
—¿Y por qué ha intervenido usted?
La respuesta me salió casi sola:
—Porque he considerado que era necesario. Veréis, aunque tienes un lenguaje exquisito, prolijo y extraordinariamente internacional (mi más sincera enhorabuena por ello), tu amigo solamente te estaba preguntando qué es lo que haces. No te estaba pidiendo que le explicaras las bonanzas de tu función, ni que le presentaras tu candidatura para una promoción, ni que le hicieras una exposición de los procedimientos internos de tu empresa.
Solo te estaba preguntando algo mucho más sencillo: ¿qué eres y cuál es tu responsabilidad?
Y tú le estabas explicando cómo desarrollas tu trabajo desde que te levantas por la mañana hasta que te acuestas, utilizando un vocabulario que, por momentos, parecía necesitar subtítulos.
Entonces recordé una frase que siempre me ha acompañado y que suelo repetir:
«Tuve un compañero de estudios que me decía: “López, el problema del álgebra no es que no sepa qué contestar, sino que no sé lo que me preguntan”».
Y creo que a vosotros os estaba ocurriendo algo parecido, pues uno preguntaba por la esencia de una profesión y el otro respondía con el inventario completo de sus actividades cotidianas.
Confundíamos el qué con el cómo.
Y no es lo mismo.
La fiebre del inglés corporativo
No tengo absolutamente nada en contra del inglés. Al contrario, en un mundo empresarial globalizado, dominarlo es una herramienta imprescindible y, en muchos sectores, una necesidad.
Tampoco tengo nada en contra de utilizar términos técnicos cuando aportan precisión, evitan confusiones o son realmente los que se emplean en un determinado entorno profesional. Pero una cosa es hablar inglés porque lo necesitas y otra muy distinta es utilizarlo como si cada palabra en castellano te descontara puntos en la nómina.
Parece que hoy en día, si dices que eres Jefe de Proyecto, corres el riesgo de que alguien piense que te has quedado anclado en el siglo pasado.
Hay que ser Project Manager, hacer reporting, gestionar stakeholders, controlar deliverables, monitorizar KPIs, coordinar workflows y, si sobra tiempo, hacer un pequeño brainstorming para definir el roadmap estratégico.
¡Y todo ello antes de tomarse el primer café!
Lo verdaderamente curioso es que muchas veces, después de semejante exhibición lingüística, cuando alguien pregunta qué hacemos exactamente, somos incapaces de explicarlo en una sola frase.
Y eso debería hacernos reflexionar.
Porque el conocimiento no se demuestra por la cantidad de palabras difíciles que somos capaces de pronunciar, sino por nuestra capacidad para explicar algo complejo de manera sencilla.
Como también suelo decir muchas veces: «Las cosas deben explicarse para que las entienda nuestra abuela».
Menos postureo y más comunicación
La comunicación eficaz no consiste en impresionar a quien nos escucha, sino en conseguir que nos entienda.
Un buen profesional debe conocer su trabajo, dominar sus herramientas y manejar el vocabulario técnico de su especialidad, pero también debe ser capaz de explicárselo a alguien que no pertenece a su sector, sin necesidad de recurrir a un diccionario de anglicismos ni a una presentación de PowerPoint de 47 diapositivas.
Y aquí está, para mí, la verdadera categoría profesional: saber mucho de algo y ser capaz de explicarlo de manera que cualquiera pueda entenderlo.
Por cierto, después de aquella pequeña intromisión, los tres me agradecieron el comentario y terminamos conversando durante otra media hora.
Una conversación estupenda, por cierto, sin timelines, sin deadlines, sin deliverables y, sobre todo, sin necesidad de hacer ningún follow-up. Aunque, pensándolo bien, quizá aquello fue un excelente networking o, como diríamos en castellano, una buena charla entre personas.
Y es que, a veces, para entendernos, lo único que necesitamos es hablar el mismo idioma. Aunque sea el nuestro.

Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?
