“La cuestión relevante no es si existía una única solución perfecta, sino qué riesgos decidió priorizar Pedro Sñanchez.”
La crisis del MV Hondius ha dejado una escena extraña en la política española. Un crucero aislado, pasajeros confinados, sospechas de hantavirus Andes, muertos durante la travesía, tensiones entre administraciones y una discusión que mezcla medicina, logística, comunicación política y gestión del miedo real. Pero también algo más: una inesperada reorganización del foco mediático nacional.
Porque la pregunta ya no es únicamente sanitaria. La pregunta es también política. Y antes de llegar a ella conviene aclarar un punto clave sobre las famosas PCR.
¿Se podían haber realizado PCR antes del desembarco en Tenerife?
La respuesta estricta es sí. Técnicamente era posible realizar tomas de muestras de sangre en el buque mientras permanecía fondeado frente a Granadilla antes del desembarco. Especialmente en dos grupos: pasajeros sintomáticos y una muestra aleatoria representativa del resto del pasaje.
No existía una imposibilidad física ni científica para hacerlo. Equipos sanitarios protegidos con EPIs podían haber embarcado, tomar muestras y trasladarlas bajo protocolos de bioseguridad a laboratorios de referencia. Incluso aunque la validación definitiva correspondiese al Centro Nacional de Microbiología, Tenerife posee capacidad técnica para realizar RT-PCR preliminares.
Tal opción hubiera supuesto una minimización a prácticamente cero del riesgo de difusión del virus.
No obstante, el Gobierno central y el Ministerio de Sanidad y la OMS optaron por otra lógica: argumentar la necesidad de vaciar rápidamente el barco como foco potencial de contagio y exponer la imagen de un desembarco espectacular, un operativo sin precedentes que no hubiera sido posible si se hubiera optado por la opción de realizar los PCR en el MV Hondius .
El operativo, ofrecido en primerísima plana por RTVE y mucho menos por las cadenas privadas, es de sobra conocido: desembarco, el traslado controlado y la posterior cuarentena y seguimiento internacional.
¿Qué riesgo era preferible priorizar?
- ¿Mantener más tiempo el barco aislado para obtener información diagnóstica previa y blindarse ante una probable propagación del virus?
- ¿O evacuar para evitar que el propio buque siguiera funcionando como posible entorno de transmisión?
Pero esta pregunta y sus respuestas que cruzan el debate nacional no responden a lo que en buena lógica fría y sensata habrían de hacerse:
- ¿Contener radicalmente la propagación del virus renunciando a la puesta en escena mediática?
- ¿O realizar un operativo sin precedente para un tratamiento más rápido a los pasajeros y más rentable de cara al espectáculo?
El conflicto político: humanidad, opacidad y control
En cuanto el Hondius llegó al centro del debate público, aparecieron dos grandes bloques narrativos.
El Gobierno central, respaldado además por una OMS fuertemente cuestionada tras sus inconsistencias y complicidad con el Gobierno de China en la pandemia del COVID-19, defendió la operación como un éxito humanitario y sanitario. Pedro Sánchez proyectó una imagen institucional y presidencial, mientras el Ejecutivo insistía en la obligación moral y legal de auxiliar al buque.
La narrativa gubernamental era sencilla:
España actuó donde otros no podían hacerlo.
Lo primero fue la desorientación inicial, prueba de no haber aprendido las lecciones del COVID y el incumplimiento de las promesas y anuncios sobre la formación de equipos de expertos y de un Centro Nacional de Emergencias Sanitarias cuya puesta en marcha quedó bloqueada por exigencias de los nacionalismos catalán y vasco).
Después, la oportunidad de una confrontación política beneficiosa apoyada en la opinión de una parte de los médicos y epidemiólogos vinculados a la OMS (dejemos aparte a Fernando Simón) resulto decisiva para decantar a Pedro Snachez.
El problema apareció cuando comenzaron las dudas sobre las PCR, los positivos débiles o provisionales, las cuarentenas internacionales y la sensación de información cambiante.
Y ahí emergió el segundo bloque narrativo, liderado especialmente por el Gobierno canario.
Fernando Clavijo denunció la falta de coordinación, transparencia y percepción de riesgo no menor en un territorio, el suyo, cuando había alternativas sanitarias científicamente razonables y claramente más seguras en cuanto al contagio.
Por su parte, el PP y Alberto Núñez Feijóo intentaron ocupar una posición mucho más delicada. No podían parecer antihumanitarios ni anti-OMS, pero sí podían explotar políticamente la idea de improvisación y opacidad.
El discurso humanitario sigue siempre presente y con la siguiente secuencia:
Primero se dispara el automatismo compasivo ante los afectados del presente sin que salte la alarma humanitaria ante el riesgo de que más seres humanos queden infectados en el futuro. Después, en caso de que esto último suceda, el recuerdo de que se menospreció el riesgo y queda descreditado, pero sin enmienda.
La compasión no tiene memoria y bloquea la aún existente en el pensamiento de los ciudadanos. La política del «progresismo», por tanto, se basa en excitarla hasta que sustituya a lo que conviene, a lo racional, a lo serio y responsable. En definitiva a lo que conviene para el día después.
La variable decisiva y no menos interesante: el coste de oportunidad mediático
Porque mientras el país seguía el desembarco del Hondius, las cuarentenas, los positivos y las discusiones sobre el hantavirus, otro asunto perdía parcialmente centralidad informativa:
los casos Ábalos, Koldo y Aldama.
No hace falta ninguna conspiración para que exista utilidad política indirecta en algo así. Basta con que un acontecimiento reorganice prioridades cognitivas, emocionales y mediáticas.
Y el Hondius reunía todos los ingredientes para hacerlo:
- riesgo biológico,
- muertos,
- barco aislado,
- OMS,
- cuarentenas,
- conflicto institucional,
- y memoria emocional del COVID.
Eso desplaza automáticamente minutos de televisión, aperturas de informativos, tertulias y tendencias en redes sociales.
El resultado es importante porque el caso Koldo representa para el PSOE una amenaza estructural mucho más peligrosa que cualquier riesgo asumido en la crisis del Hondius. Incluso si éste hubiera sido mayor que el finalmente asumido, habría sido utilizado por el Presidente Sánchez. Su biografía avala esta afirmación.
NOTA: no conviene denominarla crisis del hantavirus, pues aún no se sabe en qué y cómo terminará la cuestión.
La corrupción erosiona la legitimidad moral, conecta poder y privilegios y posee persistencia judicial. Vive de filtraciones continuas, declaraciones y acumulación narrativa. En comparación, el Hondius es una crisis intensa pero episódica. El alivio político para el PSOE es, pues, temporal si y solo si no se da una crisis sanitaria en los países receptores de los afectados.
El Gobierno sufrió un desgaste técnico y comunicativo con el Hondius, especialmente a través de la Ministra de Sanidad y de las contradicciones sobre PCR y positivos. Pero al mismo tiempo obtuvo un alivio parcial de presión sobre un terreno mucho más peligroso: la corrupción.
El PP sufrió el efecto contrario. El hantavirus le permitía atacar gestión y transparencia, pero le alejaba temporalmente del terreno más rentable políticamente: Koldo, Ábalos y Aldama. En otras palabras: cada minuto dedicado al Hondius era un minuto menos dedicado a la corrupción.
¿Y qué ganaron y perdieron los ciudadanos? Una oportunidad de comprobar que nuestro país estaba preparado técnica y científicamente para afrontar crisis sanitarias y corrupciones sin que impere el cortoplacismo político.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
