Asturias Liberal > España > El sueño ecológico de la energía limpia llevaría a España al absurdo de arruinarse y sin lograr la autosuficiencia.

José Manuel López terminaba hoy mismo su artículo «Asturias tiene luz para todos… siempre que no se enciendan todos a la vez» con una posdata aparentemente inocente.

Viene a decir al final que no se atrevía a extrapolar su reflexión al conjunto de España y preguntarse qué ocurriría si, además de hacer desaparecer las térmicas tradicionales, eliminásemos también las nucleares. No creo que no se atreviera, pero ha dejado esa parte del trabajo para mí. Y es un placer tanto como un deber para inducir al lector a ser conscientes del problema.

Así que, lectores y redactores de AL, vamos a atrevernos.

Cada vez que Pedro Sánchez viaja en su Falcon desde el que emite contaminantes que dice querer eliminar a las rimbombantes cumbres climáticas parece que dispone de un botón rojo con el que que mañana (pasado mañana) vaya a desconectar simultáneamente ciclos combinados y centrales nucleares.

Y sucede que, a veces, la mejor manera de comprobar una idea es llevarla hasta el final y ver qué ocurre. Vamos a salvar el planeta en este artículo y a intentar hacer de la España del sol y del viento una fortaleza energética inexpugnable.

España alimentándose de España

Supongamos que España decide alcanzar la versión más pura posible de dos objetivos que suenan magníficamente bien.

●Primero: electricidad limpia.

●Segundo: autonomía energética.

Así que retiramos toda generación eléctrica fósil. Y también la nuclear.

Nos quedamos solamente con el sol, el viento, el agua, la biomasa, el biogás, la termosolar y todas las demás renovables.

Nada de carbón.

Nada de gas.

Nada de uranio.

España alimentándose, por fin, de España.

La imagen tiene fuerza.

El problema empieza cuando enchufamos la calculadora.

Más de la mitad ya es renovable. Pero falta el resto

En 2025 las renovables ya aportaron más de la mitad de la electricidad española. Un avance extraordinario cuya factura, sin siquiera hacer el ejercicio de hacer de las renovables la única fuente energética, ya estamos pagando en apagones y falta de electricidad para las muy, muy importantes industrias.

Porque lo que este gobierno y esta izquierda que pretende gobernar hasta nuestros pensamientos no dice es que eliminar simultáneamente fósiles y nuclear no consiste en completar tranquilamente el hueco colocando unas cuantas placas más.

●Hay que sustituir producción.

●Hay que sustituir potencia disponible cuando no sopla el viento o los días están nublados.

●Hay que sustituir respaldo.

●Hay que almacenar energía producida en unas horas para utilizarla en otras.

●Hay que reforzar redes.

●Hay que atender sistemas insulares.

●Hay que sustituir calor industrial asociado a determinadas cogeneraciones.

Y hay que mantener funcionando TODO mientras hacemos la transformación.

Porque hay una pequeña peculiaridad de la electricidad: el país no puede cerrar mientras se hacen las transiciones energéticas.

El último tramo no sale gratis

Pues bien, hicimos el ejercicio de simulación de una España aspirante a salvando el planeta y, a la vez, a ser energéticamente autosuficiente.

¿Cómo?

Partimos del sistema que la España de la fantástica eco-suficiencia ya prevé construir y preguntamos cuánto podría costar completar el camino hasta una generación sin fósiles y sin nuclear. El propio Plan Nacional Integrado de Energía y Clima contempla ya una transformación gigantesca del sistema energético, con un 81 % de generación eléctrica renovable como objetivo para 2030.

En nuestro escenario central de trabajo, la infraestructura adicional necesaria —nueva generación renovable, baterías, almacenamiento de larga duración, hidrógeno, redes, respaldo renovable y adaptación industrial— se situaba en torno a los 165.000 millones de euros a puesta en servicio.

Hay que repetirlo antes de que nadie convierta una estimación en dogma, pero con letras: CIENTO SESENTA Y CINCO MIL MILLONES.

No significa que ese sea el precio exacto.

Puede ser algo menor.

Puede ser algo mayor.

Depende enormemente de cuánto cuesten las baterías, de los tipos de interés, de las redes, de cómo evolucione el hidrógeno, de cuánto almacenamiento necesitemos realmente y de qué tecnologías terminen imponiéndose. Los datos internacionales muestran, además, que los costes de las renovables y del almacenamiento siguen cambiando con rapidez, como recoge IRENA en su análisis de costes de generación renovable.

Pero sí nos dice algo: que el último tramo no sale gratis. Sale no ya caro, sino muy caro. Y si alguien dice que todo sacrificio es poco para salvar el planeta, todavía queda lo de la aspiración a que tal precio no garantiza la autosuficiencia.

Porque no importa solo cuánto cuesta producir. Importa cuándo se produce

Aquí aparece una trampa bastante habitual en los habituales medios de propaganda donde omparan el coste de producir un megavatio-hora solar al mediodía con el coste de una central térmica o nuclear.

Y pretenden así terminar la discusión, pero esa no es la pregunta.

La pregunta es cuánto cuesta disponer del megavatio-hora cuando lo necesitamos.

●También de noche.

●También durante varios días de poco viento o poco sol.

●También cuando media Europa atraviesa el mismo episodio meteorológico.

●También cuando falla una interconexión.

Y también cuando una fábrica no puede decir a sus clientes: —Hoy no produzco, que está nublado.

Entonces aparece el almacenamiento

Muy bien, vamos a almacenar energía. Empecemos:

Baterías.

Bombeo.

Hidrógeno.

Almacenamiento térmico.

Gestión de la demanda.

Interconexiones.

Todo ello puede formar parte de la solución y vamos a aplicarle la calculadora.

●Una batería capaz de cubrir cuatro horas es una cosa.

●Cubrir tres días es otra.

●Cubrir una semana difícil es otra bastante distinta.

●Y fabricar hidrógeno con electricidad para almacenarlo y convertirlo después otra vez en electricidad tiene pérdidas.

Muchas.

No es una crítica moral.

Es termodinámica, y la termodinámica tiene la desagradable costumbre de no votar, de no leer los informes (n siquiera los buenos) y de no escuchar a los líderes salvando con discursos el planeta.

La independencia energética que vuelve por otra puerta

Es lo que adelantamos antes porque, llegados aquí, todavía nos dicen:

De acuerdo. Será caro, pero conseguiremos algo extraordinario.

Tendremos independencia energética porque:

Ya no dependeremos del gas de Argelia, del GNL estadounidense o de suministradores de combustible nuclear.

Sol español.

Viento español.

Agua española.

Y eso les suena a sus oídos propios muy bien y a los de muchos (demasiados aún) ciudadanos, también.

Pero eso suena así hasta que hacemos la siguiente pregunta: ¿y quién fabrica aquello con lo que capturamos el sol y el viento?

Podemos ser autosuficientes en la fuente y dependientes en la tecnología

Y aquí el asunto se vuelve especialmente interesante.

Porque España puede ser prácticamente autosuficiente en la fuente primaria renovable, viento y sol, y seguir siendo dependiente en la tecnología necesaria para convertir esa fuente en energía útil.

Hacen falta:

●Paneles.

●Baterías.

●Electrónica de potencia.

●Determinados componentes eólicos.

●Minerales críticos.

●Transformadores.

●Electrolizadores.

●Sistemas de almacenamiento.

La dependencia no desaparece necesariamente.

Y el discurso oficial de que, además de frenar el calentamiento global, España alcanzará la autosuficiencia energética, no es que cambie de forma. Simplemente desaparece.

La dependencia industrial no es una abstracción: según Eurostat, China suministró en 2024 el 98 % de los paneles solares importados desde fuera de la Unión Europea.

No necesitamos importar viento y sol, pero, eso sí, empezamos a importar equipos, materiales, componentes y tecnología. Eso tampoco es independencia energética.

Cada dependencia eliminada descubre otra detrás

Y entonces el resultado de este ejercicio de llevar hasta el final deseado el sueño de la izquierda empieza a resultar absurdo. Es la verdad incómoda de Albert Gore, pero vuelta contra él.

Porque si nuestro objetivo es la autonomía total, tendremos que fabricar también buena parte de esas tecnologías.

Sería perfecto, ¿no?

Más industria.

Más inversión.

Más capital.

Más energía para fabricar las máquinas que fabricarán la energía.

Y, por supuesto, cadenas propias de suministro de materias primas que España no posee en todas las cantidades necesarias.

Cada nueva dependencia eliminada descubre otra detrás. Como las muñecas rusas. Solo que tan caras que son inalcanzables y, sí, hay que traer de fuera casi todo ello.

El programa de los ceros

Podríamos continuar con los ceros tan del gusto de supresores de todo tipo y color.

Queremos cero emisiones.

Cero dependencia exterior.

Cero nuclear.

Cero fósil.

Cero riesgo de suministro.

Y además, cómo no, electricidad barata.

Todo a la vez (y al mismo tiempo).

Magnífico programa electoral, pero como programa de industria empieza a ponerse complicado.

Porque cada cero tiene un precio. Y tan alto que la cifra se llena de ellos porque, normalmente, el último porcentaje de energía efectivamente producida/suprimida cuesta muchísimo más que el primero.

¿Cuánto cuesta eliminar el último 2 o 5 %?

Supongamos que logramos un sistema eléctrico un 95 o un 98 % limpio.

Queda un pequeño porcentaje de generación fósil que apenas funciona y que permanece fundamentalmente como respaldo para situaciones excepcionales.

Podemos eliminarlo. Claro, ¿por qué no? Limpios es limpios.

Pero la pregunta seria sería:

¿Cuánto cuesta eliminar ese último 2 o 5 %?

Si para hacerlo necesitamos construir enormes cantidades adicionales de almacenamiento, sobredimensionar generación y mantener infraestructuras que funcionarán muy pocas horas, puede ocurrir que el coste marginal del último tramo resulte desproporcionado.

No significa que haya que conservar ese porcentaje para siempre. Significa que debemos saber cuánto pagamos por eliminarlo.

La nuclear tampoco es una religión

Con la nuclear ocurre lo mismo.

Ni es una religión ni una herejía.

Una central nuclear existente aporta electricidad baja en carbono y relativamente estable. La Agencia Internacional de la Energía considera que la prolongación segura de centrales existentes puede resultar competitiva frente a otras opciones bajas en carbono y recuerda también su aportación a la seguridad del sistema eléctrico.

Por supuesto que tiene costes y que tiene residuos. Tiene también riesgos específicos. Necesita combustible exterior y aunque para evitar esta dependencia se esté ya diversificando los proveedores de quienes dependemos pues ENUSA mantiene contratos con distintos suministradores internacionales y una política expresa de diversificación del aprovisionamiento de uranio, dependencia es dependencia. Mejor de varios que de pocos, pero dependencia es.

La cuestión no es si nos gusta o no la energía nuclear.

La cuestión es qué perdemos al cerrarla y cuánto cuesta sustituir aquello que perdemos.

Y aquí volvemos al gas

También tiene emisiones.

También genera dependencia.

Pero proporciona flexibilidad y potencia disponible en momentos en los que otras tecnologías pueden no estar produciendo.

Quizá dentro de veinte años esa función la presten baterías, hidrógeno, biomasa, termosolar con almacenamiento u otra tecnología que todavía no ha salido del laboratorio.

Perfecto.

Entonces el gas sobrará.

Mientras tanto, la pregunta correcta sigue siendo la misma: ¿está construido y funcionando aquello que lo sustituye? Pues no.

Un sistema energético no necesita hinchas

Ahí está, a mi juicio, el núcleo del problema.

Estamos demasiado acostumbrados a discutir energía como si se tratase de elegir equipo de fútbol.

Nuclearistas.

Renovables.

Gasistas.

Ecologistas.

Cada cual con su camiseta.

Pero un sistema energético no necesita hinchas.

Necesita redundancia.

Necesita fuentes diferentes.

Necesita tecnologías que fallen de manera distinta y que el resultado sea estable siempre o mucho más regularmente que con el sistema actual.

Porque precisamente ahí reside la robustez.

Pues eso se llama mix

El viento tiene una debilidad.

La nuclear tiene otra.

El gas tiene otra.

La solar tiene otra.

La biomasa tiene otra.

Las interconexiones tienen otra.

El almacenamiento tiene otra.

La inteligencia consiste en combinarlas para que sus debilidades no coincidan.

Eso se llama mix.

Y no es una solución de compromiso.

Es exactamente lo contrario.

Es aceptar que ningún recurso resuelve por sí solo un problema complejo.

Ni demoler por dogma ni conservar por nostalgia

Además, conviene introducir una cautela que a veces molesta.

Defender el mix no significa mantener eternamente cualquier central vieja por nostalgia, pero sí por reserva estratégica:

Si aporta seguridad, capacidad de reconversión, servicios de red o alguna utilidad futura razonable, conservarla indefinidamente es necesario dado como es el mundo, fue y será.

Pero la regla debería ser otra.

Ni demoler por dogma.

Ni conservar por nostalgia.

Fijemos resultados, no tecnologías sagradas

Lo razonable sería fijar resultados:

Queremos reducir drásticamente las emisiones.

Queremos disminuir la dependencia exterior.

Queremos electricidad disponible en todo momento.

Queremos costes compatibles con una economía industrial.

Y, entre todas las combinaciones capaces de cumplir esos objetivos, elegir la más eficiente sin tecnologías santificadas y sin tecnologías condenadas de antemano.

El destino puede ser correcto y el camino equivocado

Porque quizá dentro de 100 o 200 años España pueda funcionar perfectamente sin fósiles y sin nuclear. Puestos a imaginar..Pero una cosa es tener un objetivo posible y otra decidir que el camino ya está construido porque nos gusta el destino.

Y volvemos a José Manuel López

Aquí cobra todo su sentido la posdata de José Manuel López.

Su artículo «Asturias tiene luz para todos… siempre que no se enciendan todos a la vez» hablaba, en el fondo, de prudencia. De no confundir cerrar una tecnología con destruir todas las opciones que la rodean. De no confundir potencia instalada con energía disponible.

Y de no olvidar que la electricidad no se mide únicamente en megavatios. También se mide en tiempo. En redes. En seguridad. Y, finalmente, en dinero.

La conclusión quizá sea menos espectacular que prometer un futuro completamente limpio, autónomo y barato.

Pero probablemente sea bastante más útil y más cercano a los sueños, también.

No necesitamos elegir hoy qué fuente energética debe ganar para siempre, sino qecesitamos evitar que una sola idea gane demasiado pronto.

Asturias Liberal
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