Pocas situaciones son tan susceptibles de elevarse al más alto grado de la estupidez humana y, a la vez, al mayor grado de manipulación para perpetuar un problema que las que involucran sentimientos compasivos. De afecto protector hacia lo cercano, la compasión pasa a ser cima de destrucción de sociedades cuando se convierte en política pública.
La historia está plagada de ejemplos de ello, pero ha sido y es el movimiento socialista y comunista su cima mayor. Jamás habrá freno a esa pretensión y nunca dejará de ser necesario combatirla. Lejos de ser una solución, la compasión es el truco mayor, la coartada suprema, siempre, de las tiranías.
Destripar el «caso Maricarmen» se hace, pues, imprescindible.
Maricarmen tiene 87 años y llevaba alrededor de setenta viviendo en el mismo piso del barrio madrileño de Retiro. Allí estaban sus recuerdos, su biografía y buena parte de aquello que cualquiera reconocería como su hogar. El 23 de septiembre fue desahuciada y salió del edificio en camilla camino del hospital.
Ahí está la composición propagandística que ni los medios más críticos con el gobierno se han atrevido a señalar. La izquierda política y sus decretos, su deliberadamente inútil política de vivienda son, no la causa, sino la consecuencia del trabajo lento y paciente de la izquierda cultural y social en una sociedad que ha hecho del cuadro sesgado y cerrado en torno al drama compasivo una razón de ser, de vivir.
Y es solo así que hacer política de izquierdas exige que un problema nunca se solucione, que la decadencia económica alcance a «la gente» y, así, que el discurso nunca deje de estar activo.
Una fotografía puede decir mucho sobre el sufrimiento de una persona de entre las muchas personas que sufren igual o más intensa y realmente, pero muy poco sobre las causas de un problema complejo; todavía menos sobre las soluciones reales que deben aplicarse a millones de personas.
Ésa es una de las trampas del emotivismo y de su culmen: la compasión. Sentimos primero, anulamos el raciocinio a la vez y convertimos después la intensidad del sentimiento en argumento.
Llamar a esto estupidez no es exagerado. Maricarmen fue primero «una mujer», después «una víctima», luego un símbolo y finalmente una causa política asentada en una sociedad anestesiada desde la cuna hasta el sofá.
¿Cómo va a resultar extraño que todo este batiburrillo de sentimientos cultivados no se incorpore incluso a los dos reales decretos que empeoran ampliamente las reglas de la vivienda en España?
Y, además, la paradoja indigna: un partido separatista, Junts, puede ser quien impida la convalidación de los decretos por el gobierno.
En octubre de 2025, cuando un juzgado suspendió uno de los desahucios y señaló que las administraciones debían proporcionar una alternativa habitacional, el Sindicato de Inquilinas respondió públicamente: «El Juzgado dice que las administraciones deben proveer una alternativa habitacional, pero nosotras sabemos que la única alternativa es que Maricarmen se quede en su casa».
El Sindicato marcó el callejón estrecho donde una anciana habría de transitar para reactivar el movimiento que pueda, si es que puede, evitar una definitiva derrota electoral de Pedro Sánchez en 2027.
No decía que fuese la mejor opción. Decía que era la única. En el mismo mensaje vinculaba el caso con su lucha contra los llamados «buitres» y llamaba a afiliarse.
Una organización social emergente, apoyada en la compasión, define mejor que nada la esencia de la izquierda: eludir la solución imprescindible, que es construir más, regular menos y garantizar un parque de vivienda social en alquiler suficiente.
Pues no, la solución es, para el Sindicato, constreñir los derechos de los propietarios. Y el resultado, ya no dudo que apetecido, será que habrá menos oferta de alquiler y, por tanto, más excusas para seguir en la vía directa a la expropiación compasiva.
El propio Sindicato confirma que «esto no va solo de ella», relacionándolo con el «rentismo», los contratos indefinidos y la expropiación de viviendas de determinados propietarios.
Exactamente. Esto no iba sólo de ella.
Maricarmen y su claramente moderado drama, incorporada a una estrategia cuyos objetivos exceden los suyos. Los intereses de una mujer de 87 años eran vivienda, autonomía, estabilidad y tranquilidad. Los de un Sindicato que pretende transformar el régimen de vivienda por encima de la soberanía nacional, que reside en Las Cortes.
Resultado: una anciana convertida en muñeca articulada, cuyos labios pasaron de aceptar en su momento un acuerdo a reproducir el discurso del Sindicato.
Y entonces surge la inversión de términos: luchando por Maricarmen han puesto a Maricarmen a luchar por ellos y por un Sánchez declinante.
Cuando sólo una alternativa conserva dignidad
La propia Maricarmen proporcionó una pista. Los servicios sociales le habían planteado llegado el caso una residencia pública o un piso tutelado, opciones que no consideraba adecuadas porque se sentía capaz de vivir de forma independiente.
Pero, preguntada por otras posibilidades, respondió: «Como yo no me voy a ir, no tengo alternativas pensadas». Siendo así, el drama moderado de la buena señora pasa a ser ya tan leve que cabe pensar que ella misma ha estado encantada de cooperar.
Y ya, ni drama de Maricarmen, ni Cristo que lo fundó. La compasión política al desnudo.
Maricarmen decía: «No tengo alternativas pensadas». El Sindicato decía: «La única alternativa es que Maricarmen se quede». Los dos marcos habían terminado siendo prácticamente idénticos. Ni nos preguntamos quién utilizó a quién. Es ocioso hacerlo.
Cuando sólo una salida conserva «compasión», las demás, por razonables que sean, dejan de ser verdaderas alternativas. De ahí, lo dicho al comienzo.
El cariño también ejerce poder
Se dirá que las miembros del Sindicato que rodeaban a Maricarmen le tenían afecto porque en las imágenes ahí aparecían: en su casa, junto a ella, tomándola compasivamente de la mano.
La gratitud, la pertenencia, el reconocimiento y el deseo de no decepcionar a quienes nos ayudan pueden orientar una conducta sin necesidad de amenazas ni órdenes. El afecto fingido del Sindicato orientado a una sola cosa: controlar que una anciana sirviera a sus objetivos hasta el final.
Los lados oscuros del cariño compasivo del Sindicato surgieron cuando ese cariño concedió influencia sobre Maricarmen. Y la clave de este teatro: que todos lo vieran en sus televisores, móviles y portátiles.
Así funcionan algunas de las formas más eficaces del poder humano.
Cuando la víctima adquiere utilidad
El sufrimiento real merece protección. Otra cosa sucede cuando la condición de víctima proporciona además legitimidad, reconocimiento y autoridad moral.
Y aparece otra clave: resolver el problema individual puede disminuir la utilidad política de la víctima. Una solución discreta protege a la persona. Y sí que hubo opciones individuales, lo que agrava el problema que supone que un gobierno, contra la mayoría social de una nación, se alinee con el Sindicato de la compasión política.
Urbagestión y el desenlace menos épico
La documentación judicial permite reconstruir la titularidad: la familia Lázaro vendió la vivienda a Renta Corporación en marzo de 2018 y ésta a Urbagestión en junio por 247.000 euros. La sentencia reconstruye la secuencia.
Urbagestión sostuvo posteriormente que la subrogación del antiguo contrato había expirado legalmente y promovió su extinción. Una primera resolución dio la razón a Maricarmen, la Audiencia Provincial la revocó y el Supremo no admitió después su recurso. El itinerario judicial está documentado.
Y después del desahucio llegó algo menos épico: negociación. Mediante mediación municipal, Urbagestión y los representantes de Maricarmen pactaron un nuevo contrato de ocho años, con una renta no superior al 30% de sus ingresos. Maricarmen aceptó el acuerdo.
No sabemos si ese mismo acuerdo habría sido posible antes ni cuánto contribuyó la presión a alcanzarlo. Pero el desenlace real acabó siendo una transacción entre intereses diferentes.
Un contrato. Ocho años. Una renta asumible. Garantías para las partes. La realidad terminó siendo menos épica que el relato compasivo y revolucionario pero bastante más útil. Solución, el Sindicato tuerce la voluntad de acuerdo de Maricarmen. Ni era tal drama ni el Sindicato aceptó una solución para la cual ninguna falta hace sindicato alguno.
De Sol al cambio de agenda
Para entonces Maricarmen pertenecía ya a una historia mayor. Tras el desahucio, la movilización desembocó en una acampada en la Puerta del Sol y en nuevas presiones alrededor de los decretos.
El Ejecutivo llegaba a esos días con la crisis de Ceuta abierta, procedimientos judiciales vinculados al entorno socialista y un escenario demoscópico adverso. El barómetro de 40dB publicado el 7 de septiembre situaba al PP en el 32,4% y al PSOE en el 27,6%.
Entonces la vivienda pasó al centro del debate. La propia prensa describió cómo desplazaba en el Congreso a Ceuta y la corrupción y cómo ese cambio de agenda agradaba al Gobierno.
Un Ejecutivo que llevaba semanas respondiendo preguntas podía volver a formularlas.
Construir al adversario
Maricarmen proporcionaba además un antagonista fácilmente reconocible. Una anciana frente a una inmobiliaria resulta narrativamente mucho más poderosa que un déficit de cientos de miles de viviendas. Y de paso, una anciana contra toda esa «derecha» que amenaza con ser la preferida de los ciudadanos el próximo año.
La ampliación conceptual resulta sencilla:
El Gobierno terminó planteando que PP, Vox y Junts debían demostrar si estaban «con la ciudadanía o con los especuladores» y «con las clases medias y trabajadoras o con las élites».
De la escasez al culpable político
La vivienda presenta un inconveniente para ese relato: el problema es profundamente material.
El propio Real Decreto-ley 26/2026 admite un déficit estructural de oferta y, citando al Banco de España, cifra en unas 750.000 viviendas la producción necesaria para acompañar la creación de hogares. Décadas de gobiernos socialistas, incluyendo a los de Mariano Rajoy, dan como resultado una escasez de vivienda de entre las más acusadas de Europa.
Pero la escasez carece de rostro. No sale en camilla ni cabe bien en una pancarta. Un «especulador» sí. El caso es que la escasez produce más dramas sociales que un especulador y tiene la mala costumbre de señalar con su existencia la incompetencia deliberada de muchos políticos.
Así, un problema de suelo, licencias, construcción, financiación, demanda, fiscalidad y años de oferta insuficiente puede transformarse en víctimas contra opresores.
El BOE adopta a Maricarmen
La transformación culmina en el propio Boletín Oficial del Estado. El RDL 26/2026 presenta el caso como «elemento de inflexión» de la demanda social, describe a Maricarmen como víctima de una legislación «machista y retrógrada» y de «la especulación más voraz» y proclama:
«Esta mujer es el símbolo de un derecho roto».
Ya no necesitamos inferir la conversión simbólica. El propio legislador la declara.
La cadena queda completa:
persona → víctima → símbolo → movilización → decreto → frontera política.
Por eso una víctima bien acondicionada puede llamar la atención y la compasión de mucha «gente», pero nunca nuestra renuncia al pensamiento crítico. Mucho menos cuando demasiadas organizaciones descubren simultáneamente que resulta útil que todos miremos en la misma dirección.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
