Asturias Liberal > España > ¿Por qué la Hispanidad es un concepto importante que se aplica de manera defectuosa?

La Hispanidad no es una conmemoración del pasado, sino un proyecto político, cultural y diplomático de futuro. El 12 de octubre ofrece el marco para afirmarlo: recuerda el momento en que España, nacida de una pluralidad cultural y política y próxima a culminar la integración de sus reinos en una misma monarquía, inició una proyección lingüística y cultural que desbordaría Europa.

Así lo reconoció la ley aprobada por las Cortes en 1987, durante el Gobierno de Felipe González, al presentar esta fecha como expresión de un patrimonio común, de la convivencia y de la identidad nacional. No son conceptos de partido. Son fundamentos de Estado que en las dos etapas de gobierno de José María Aznar se han visto fortalecidas.

Sin embargo hemos asistido, a pesar de la institucionalización contemporánea de esta celebración, cómo se ha ido devaluando en nefasta sincronía con la reducción del papel de España en el mundo desde 2004, con la presidencia de Rodríguez Zapatero hasta hoy.

Una estrategia de futuro

La tesis debe ser clara: España tiene en la Hispanidad una de sus principales herramientas para proyectarse en el mundo y para construir una comunidad de cooperación entre sociedades soberanas unidas por una lengua, múltiples vínculos históricos y una cultura compartida.

Esa comunidad no puede limitarse a la memoria, a la nostalgia ni a la celebración simbólica. Debe convertirse en una estrategia sostenida de relaciones internacionales, intercambio cultural, desarrollo económico y confianza política.

No es nostalgia, es realidad presente y muchas de «las cosas que nos pasan» tienen su raíz en la desafección de una parte de los españoles. Alejamiento de lo español y de lo hispano que ha sido cultivado desde la escuela hasta la universidad y desde las charlas de cafetería hasta los medios de comunicación.

La Hispanidad es una realidad histórica, cultural y humana que vincula principalmente a España con América, pero alcanza también a Filipinas y a Guinea Ecuatorial. Su futuro dependerá de que España sea capaz de transformar ese patrimonio en instituciones, oportunidades y políticas concretas. y para eso es fundamental una tarea que los ciudadanos tenemos pendiente: desalojar de La Moncloa a la izquierda que ha traídos esa desafección.

La lengua española constituye un instrumento extraordinario, pero no basta con pronunciar discursos en español para aprovechar todo lo que puede ofrecer. Hace falta una diplomacia más ambiciosa, una cooperación educativa y científica más intensa, mayores intercambios económicos, más presencia institucional y más facilidades para circular, estudiar y trabajar conjuntamente.

Instituciones y cooperación

Ese proyecto, que ha de ser renovado por un deseable cambio político drástico, exige reconducir y fortalecer nuestros vínculos con las naciones surgidas de aquella historia común. España debe impulsar redes universitarias, programas culturales, alianzas empresariales, cooperación tecnológica y mecanismos diplomáticos permanentes que permitan convertir la afinidad histórica en resultados tangibles. La Hispanidad no debe ser una identidad abstracta, sino una comunidad de intereses capaz de generar conocimiento, prosperidad y capacidad de influencia.

También exige reivindicar sin complejos las aportaciones de España. Hubo creación de universidades, instituciones docentes, imprentas, ciudades, tradiciones jurídicas y una cultura mestiza de extraordinaria fecundidad. También hubo un trabajo de estudio y fijación escrita de lenguas indígenas, con gramáticas y vocabularios de náhuatl, quechua y otras lenguas, realizado a menudo con conocimientos aportados por sus hablantes.

Una política de Hispanidad madura debe, por tanto, combinar memoria, crítica al movimiento antiespañol de la izquierda hispanoamericana y una básica autocrítica acerca de los abusos particulares que sí hubo pero que fueron combatidos por la propia Corona Española desde los mismos Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, los Reyes Católicos y por ello, universales.

No es posible decir lo mismo de los imperios coloniales británico, francés, belga y otros de raigambre asiática o euraoasiática.

No se trata de idealizar el pasado, sino de impedir que sea interpretado únicamente desde la culpa o la condena. España puede reconocer sus responsabilidades históricas con los antiguos virreinatos, que no colonias, y, al mismo tiempo, defender la complejidad de su legado.

Esa posición es la condición necesaria para establecer relaciones entre iguales y proyectar una cooperación basada en la confianza. La Corona española sustancialmente represora de los pueblos contactados. Las repúblicas que surgieron tras la independencia sí lo fueron.

Relaciones entre iguales

Por eso resulta lamentable que algunos gobiernos hispanoamericanos conviertan episodios de aquel pasado en conflictos diplomáticos actuales. La exclusión del Rey Felipe VI de la investidura presidencial mexicana de 2024, vinculada a la exigencia de disculpas por la conquista, es un ejemplo concreto.

El futuro, no obstante, no puede ser reestablecido desde la nostalgia, sino desde la verdad, primero y desde la proyección geopolítica de España, después. de la Hispanidad no puede edificarse sobre reproches heredados, sino sobre la cooperación entre ciudadanos y Estados independientes.

Pero España debe resolver primero una cuestión esencial: la Hispanidad también es España. Sin cohesión nacional, cualquier proyección exterior se convierte en retórica. Un país que acepta que su historia común se presente como ajena, que convierte sus lenguas en armas de confrontación o que tolera que el autogobierno se utilice para debilitar la pertenencia compartida pierde capacidad para ofrecer un proyecto atractivo al mundo hispano.

Defender la riqueza del lenguas y dialectos sin codificaciones ideológicas y sin legislaciones autonómicas excluyentes de la lengua española es no solo perfectamente compatible con defender el español y las instituciones comunes, sino necesario.

La cohesión nacional no es una condición secundaria de la política exterior, sino su fundamento. España solo podrá liderar una comunidad hispánica de futuro si se presenta como una nación segura de sí misma, capaz de integrar su diversidad y de defender sus instituciones comunes.

La Hispanidad no puede servir para compensar una identidad nacional debilitada por décadas de imposición cultural de la izquierda; debe apoyarse en una España políticamente cohesionada, culturalmente plural y diplomáticamente ambiciosa.

Una Fiesta Nacional cívica

La respuesta tampoco puede quedar reducida al desfile militar ni a la recepción de los Reyes. El Gobierno ya participa en las ceremonias centrales, pero debería implicarse activamente en una celebración cívica y cultural extendida por toda España.

Una fecha declarada Fiesta Nacional por ley, por merecimiento y por esencia ciudadana, no debería tratarse como un acontecimiento reservado a la Corona y a las Fuerzas Armadas, ni dejarse exclusivamente a iniciativas autonómicas desiguales.

Sus delegaciones y subdelegaciones deberían impulsarla en las comunidades autónomas y provincias, con universidades, escuelas, asociaciones y representantes del mundo hispano. Sin monopolizarla, pero sin desentenderse.

La Fiesta Nacional debe ser, así, una expresión visible de una política de Estado. Debe conectar la historia con la educación, la cultura con la diplomacia y la identidad con la cooperación. Una celebración cívica bien articulada permitiría que la Hispanidad dejara de percibirse como una referencia protocolaria y se convirtiera en una experiencia compartida por la sociedad española y por las comunidades hispanas presentes en España.

Y esa es la tarea que deben abordar los gobiernos del cambio en España.

Una comunidad de futuro

La Hispanidad tiene, por tanto, dos tareas inseparables: revertir la desafección exterior y combatir la desafección interna. No para restaurar un pasado irrepetible, sino para construir una comunidad de cooperación, respeto y oportunidades.

La Fiesta Nacional debería recordarnos de dónde venimos, pero, sobre todo, comprometer a España con una estrategia de futuro: una España cohesionada, una diplomacia hispánica más activa y una comunidad cultural capaz de transformar su historia común en influencia, prosperidad y libertad compartida.

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