No es una figura ornamental. Las limitaciones que la Constitución le impone no son prueba de un papel accesorio sino el marco de su enorme fuerza. Encomiamos, y con razón, la resistencia que el poder judicial y los medios no gregarios contraponen a las maniobras que el actual Presidente lleva a cabo para absorber más poder del que debe y, esperamos, que el que puede.
Los contrapesos están funcionando razonablemente bien a la espera de que los ciudadanos lo hagan también el próximo 29 de noviembre. Pero todo ello, sin la figura del Rey, del actual Rey, Felipe VI, se convertirían en papel mojado. No echaré mano de ningún entresijo no publicado de los choques entre Zarzuela y Moncloa, ni de muchos de los que sí se han publicado.
No hace falta hacerlo porque tres son los hitos que marcan qué hace Felipe VI por España y por su cambio de rumbo. Por sí solos dan perfecta idea de la dimensión de su papel y del alcance de su acusada incomodidad institucional con el Presidente Sánchez. Y empezamos.
Ayer, 13 de octubre, Felipe VI y la reina Letizia visitaron Ceuta. Hoy lo harán en Melilla.
En Ceuta fueron recibidos con entusiasmo por una población profundamente herida por los acontecimientos del pasado julio. El Rey reafirmó la soberanía española, recordó que aquella frontera es también europea y rindió homenaje, junto a la Reina, a quienes perdieron la vida en la tragedia.
La visita merece bastante más que una crónica de actos oficiales. Invita a reflexionar sobre una dimensión de la monarquía constitucional en las graves circunstancias actuales que, precisamente por manifestarse en circunstancias excepcionales, puede pasar inadvertida en tiempos de mayor normalidad política.
Tres momentos, tres amenazas y una misma respuesta institucional
Hay tres momentos del reinado de Felipe VI que permiten comprenderla especialmente bien: Cataluña en 2017, Paiporta en 2024 y Ceuta en 2026. Tres situaciones muy distintas. Tres amenazas de diferente naturaleza. Y una misma respuesta del Rey Felipe VI.
El 3 de octubre de 2017: la Constitución frente al desafío secesionista
El 1 de octubre de 2017, el desafío secesionista catalán alcanzó uno de sus momentos culminantes con la celebración de un referéndum ilegal y manipulado que pretendía servir de fundamento a una declaración unilateral de independencia. La ilegalidad no era una simple valoración política: el Tribunal Constitucional había suspendido cautelarmente la ley del referéndum desde septiembre de aquel año, y posteriormente declaró su nulidad mediante la Sentencia 114/2017.
¿Bastó esto para frenar al golpismo secesionista? NO.
Dos días después, el 3 de octubre, Felipe VI pronunció una alocución a la nación que merece figurar entre los grandes acontecimientos institucionales de nuestra democracia.
No fue un discurso de circunstancias. Fue una afirmación rotunda del orden constitucional cuando este se encontraba seriamente amenazado. El Rey denunció la deslealtad de las autoridades autonómicas, recordó que la soberanía nacional corresponde al conjunto de los españoles y transmitió a quienes defendían la convivencia constitucional en Cataluña que no estaban solos.
Con ello activó la respuesta del Gobierno de Mariano Rajoy que, sin adoptar la suficiente contundencia, la que la declaración real sí tuvo, sí fue una respuesta. Con el Rey como respaldo imprescindible.
Aquello exigió valentía por parte de Felipe VI. La valentía y la determinación de quien asume la responsabilidad de reforzar con claridad cuando los españoles permanecimos atónitos y sin la cual nadie hubiera salido a la calle a confrontar el golpe independentista.
Felipe VI no se convirtió en dirigente de una facción. Defendió el marco constitucional que permite la existencia legítima de todas las facciones políticas, incluidas aquellas que aspiran a cambiarlo por procedimientos democráticos.
La diferencia es fundamental: no defendió a unos españoles frente a otros, sino el derecho de todos a decidir su destino común conforme a las reglas que ellos mismos se han dado.
Esta es una distinción que ya defendí en Asturias Liberal en mi artículo «¡Dejen en paz al Rey!»: preservar la función constitucional de la Corona exige no convertirla en instrumento de las urgencias partidistas.
No paso por alto lo que sucedió después: la traición del PSOE de Pedro Sánchez alzándose con el gobierno tras tumbar a Mariano Rajoy de una Presidencia que ni supo ni quiso conservar.
Y se alzó sobre él con la ayuda de los mismos golpistas que el Rey había frenado. Desde entonces, el Rey supo que el camino socialista, en su modalidad antidemocrática, llevaba a la servidumbre.
Paiporta: cuando la valentía consiste en quedarse
Siete años después, el 3 de noviembre de 2024, la valentía tuvo una expresión completamente diferente.
En Paiporta, uno de los escenarios más devastados por la DANA valenciana, una población conmocionada por las muertes, la destrucción y la percepción de abandono recibió a las autoridades entre gritos, insultos y lanzamientos de barro.
Aquello era también la manifestación de un fallo del Estado. No de una abstracción llamada Estado, sino de poderes públicos y mecanismos de prevención, coordinación y auxilio que no habían estado a la altura de una catástrofe extraordinaria.
El Rey pudo haberse retirado cuando la situación se volvió peligrosa. No lo hizo. Permaneció allí, manchado de barro, hablando con personas desesperadas, escuchando reproches que no podía resolver con una orden ni acallar con una promesa.
La crónica de EFE sobre los incidentes de Paiporta permite recuperar la dimensión real de aquella jornada. La reina Letizia hizo lo propio.
Y lo que sucedió entre el Rey y el Presidente todos lo hemos visto. No es necesario alargar más el relato más allá de señalar que este segundo suceso supuso otro choque entre Zarzuela y Moncloa. La Zarzuela-institución, y la Moncloa-facción. .
El temple de Felipe VI en Paiporta tuvo una dimensión humana y otra institucional. La primera consistió en comprender que detrás de aquella indignación había sufrimiento. La segunda, más profunda, en no abandonar a los ciudadanos cuando estos dirigían su rabia contra las instituciones.
No acudió para explicarles por qué tenían que confiar en el Estado. Se quedó para demostrarles que, al menos en aquella circunstancia, su jefe no les daba la espalda.
Ceuta: una visita necesaria que tuvo que esperar
Y llegamos a Ceuta.
Los acontecimientos del 30 y 31 de julio de este año supusieron una violación masiva de una frontera española y europea, una gravísima alteración de la seguridad y la convivencia de la ciudad y una tragedia humana que se cobró numerosas vidas a las que el propio invasor no hizo nada por atender: ni sus propios cuerpos reclamaron.
La magnitud de lo sucedido y sus consecuencias están recogidas en la información de Reuters sobre la visita real y la crisis fronteriza.
Había que atender a las personas afectadas, proteger a la población, restablecer el control fronterizo y exigir responsabilidades donde correspondieran.
Eran obligaciones de los poderes públicos que no podían quedar subordinadas a conveniencias diplomáticas ni a cálculos partidistas. Una exigencia que habíamos abordado en Asturias Liberal en «Ceuta no se defiende con adjetivos, ministra Robles».
El Rey manifestó pronto su preocupación y su compromiso. El 6 de agosto recibió en Marivent al presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, quien anunció que Felipe VI había asumido personalmente el propósito de visitar la ciudad. Así quedó recogido en la información publicada el mismo 6 de agosto.
Sin embargo, esa visita no se produjo hasta ayer. Durante agosto, la ausencia del Rey ya había merecido una reflexión política en Asturias Liberal, en el artículo «Aznar en Ceuta: la coherencia que no se improvisa».
Conviene recordar aquí una circunstancia constitucional importante. El Rey no dispone de libertad política para decidir unilateralmente una visita de semejante trascendencia.
La agenda institucional de la Corona, cuando afecta a las grandes cuestiones políticas y diplomáticas del Estado, requiere coordinación y acuerdo con el Gobierno, responsable políticamente de sus decisiones.
Algo que Felipe VI no podía romper sin romper definitivamente la misma expectativa de resolverlo mediante las urnas. El fundamento constitucional se encuentra en el artículo 64 de la Constitución, relativo al refrendo de los actos del Rey.
Finalmente, en Ceuta, el Rey habló con la claridad que las circunstancias reclamaban. Recordó que la soberanía y la integridad territorial de España son indiscutibles, reclamó respeto mutuo y buena fe en las relaciones con Marruecos y comprometió el respaldo de la Corona a los ceutíes.
Su presencia transmitió algo que ningún discurso diplomático podía expresar por sí solo: Ceuta no es una periferia prescindible de España. Sus ciudadanos no son españoles de segunda. Su seguridad, sus derechos y su futuro conciernen al conjunto de la nación.
La Corona, más allá de los contrapesos políticos
Y aquí aparece el hilo que une los tres acontecimientos.
Las democracias liberales descansan sobre un complejo y necesario sistema de contrapesos. La separación de poderes, los controles parlamentarios, la independencia judicial, la libertad de información y la alternancia entre Gobierno y oposición constituyen garantías esenciales frente a la concentración y los abusos del poder.
Pero la vida de una nación no se agota en ese mecanismo, por imprescindible que resulte.
Gobierno y oposición son partes necesarias del sistema político, pero ninguno de los dos representa por sí solo la continuidad de la comunidad nacional.
El Gobierno gobierna con legitimidad democrática, la oposición fiscaliza y propone una alternativa, y ambos disputan inevitablemente el poder.
Precisamente sobre la responsabilidad de ejercer una oposición efectiva reflexionaba recientemente José Manuel López en «¡OH, POSICIÓN! ¡Mi OHPOSICIÓN!».
Precisamente porque esa disputa es legítima y necesaria, resulta imprescindible una institución cuya función no consista en participar en ella y que quien la ostenta tenga el temple y la claridad de ideas que cada año más, muestra Felipe VI.
Nuestra Constitución define al Rey como jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, y le encomienda arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones.
No le otorga un poder político superior al de los órganos democráticos ni lo sitúa por encima de la Constitución. Le asigna una función diferente y decisiva en momentos decisivos, en esos en que NINGUNO de los poderes habituales puede asumir con éxito.
El desarrollo institucional de las funciones del jefe del Estado y el artículo 56 de la Constitución delimitan precisamente ese cometido y, como apunté al principio, lejos de insertar debilidad en su papel, le confiere fortaleza para que la utilice justo en los graves momentos y NO en otros.
Gravedad enjuiciada sobre hechos, sobre la historia y observando los signos políticos que apuntan al futuro. Algo que no está al alcance ni de tertulianos ni de acampados.
La Corona debe representar lo que permanece cuando cambian los gobiernos, lo que une cuando los partidos compiten y lo que obliga a todos cuando las instituciones fallan.
No puede sustituir a un Gobierno incapaz, a un Parlamento dividido, a una Administración ineficiente ni a un pueblo pasivo. Tampoco debe hacerlo. Convertir al Rey en una alternativa a los poderes constitucionales y a la misma voluntad popular (o a la falta de ella) sería desnaturalizar precisamente aquello que le confiere autoridad.
Pero sí puede recordar que por encima de los intereses de partido existen deberes que ninguna mayoría puede relativizar: la integridad territorial, la protección de la vida, los derechos de los ciudadanos, la vigencia de la ley y la continuidad de España como comunidad política.
●Eso hizo Felipe VI el 3 de octubre de 2017, cuando estaba en juego la cohesión territorial.
●Eso hizo en Paiporta, cuando los ciudadanos habían perdido vidas, bienes y buena parte de su confianza en la capacidad protectora de los poderes públicos.
●Y eso ha hecho ahora en Ceuta, cuando una frontera vulnerada y una población angustiada reclamaban una respuesta inequívoca de pertenencia y respaldo nacional.
Tres momentos en los que la Corona no resolvió los problemas materiales, pero sí contribuyó a preservar algo sin lo cual cualquier solución resulta más difícil: la conciencia de que los españoles, pese a sus diferencias, siguen formando parte de una misma comunidad de derechos, obligaciones y destino.
La monarquía no necesita adhesiones sentimentales
No hace falta profesar una adhesión sentimental a la monarquía para reconocer el valor de esa función. Incluso quien prefiera otro modelo de jefatura del Estado puede apreciar la importancia de que exista una referencia institucional que no dependa del resultado de las próximas elecciones.
Y tampoco conviene confundir la unidad con la unanimidad. Los españoles no necesitan pensar igual, votar igual ni compartir las mismas ideas.
Necesitan saber que sus instituciones, comenzando por la Jefatura del Estado, no los abandonarán cuando las circunstancias se vuelvan adversas.
Ahí reside buena parte del sentido de la monarquía constitucional. No en el ceremonial, los uniformes, las recepciones o las tradiciones, sino en su capacidad para representar una continuidad que la política cotidiana, con sus legítimas disputas, no siempre consigue expresar.
El Rey, tu rey
En Cataluña, Felipe VI habló para recordar que nadie podía apropiarse de la soberanía común. En Paiporta, permaneció para escuchar a quienes se sentían abandonados. En Ceuta, ha acudido para reafirmar que ninguna frontera española ni quienes viven tras ella son negociables.
Tres formas distintas de cumplir un mismo deber. Tres expresiones de una Corona que, en los momentos importantes, debe ser de todos y estar con todos.
Por eso el título de estas líneas no dice simplemente el Rey. Dice algo más próximo y, a la vez, más exigente:
El Rey, tu rey.
Porque cuando las instituciones vacilan, las catástrofes golpean o las fronteras se ven amenazadas, el jefe del Estado no debe preguntarte a quién votas antes de recordarte que formas parte de España y que no estás solo.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
